Nada Se Desperdicia

Grandes lecciones de pequeñas migajas.

por R. Herbert

Los cuatro Evangelios relatan los milagros de Jesús en los que alimentó a grandes multitudes: los cuatro mil en Mateo (15:32-39) y Marcos (8:1-9), y los cinco mil en Mateo (14:13-21), Marcos (6:32-44), Lucas (9:12-17) y Juan (6:1-14). Todos los relatos dejan claro que, tras estas comidas, los discípulos recogieron grandes cantidades de migajas sobrantes, o pequeños trozos de pan y pescado. La alimentación de los cinco mil en el norte de Galilea dejó doce cestas de sobras, lo que a menudo se le considera como un símbolo de las doce tribus de Israel. La alimentación de los cuatro mil en la región gentil de Decápolis, o en sus fronteras (véase Marcos 7:31), dio como resultado siete cestas de sobras. Esto se considera a menudo como un símbolo de los siete grupos étnicos de la zona gentil (Deuteronomio 7:1).

Pero el Evangelio de Juan añade un dato clave con respecto a estas sobras:

Entonces Jesús tomó los panes, y habiendo dado gracias, los repartió a los que estaban sentados; y lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que querían.Cuando se saciaron, dijo* a Sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada» (6:11, 12, NBLA; énfasis añadido).

Significado más profundo

Al leer la historia de este milagro, solemos fijarnos únicamente en el hecho de que tras la alimentación de la multitud, los discípulos recogieron mucha más comida de la que tenían al inicio. Pero observe que las instrucciones de Cristo de recoger los trozos de pan sobrantes incluía la minuciosa instrucción “para que no se pierda nada” o, como diríamos hoy, “¡No desperdicien nada!”. Era evidente que no había sobrantes, por lo que la orden de no perder ni una migaja tenía que estar relacionada con otra razón.

Para entender esa razón, debemos examinar detenidamente el Evangelio de Juan. En el capítulo sexto, Juan relata la alimentación de los cinco mil como una de las señales clave de la mesianidad de Jesús y agrega una gran cantidad de contexto que falta en los otros Evangelios. Tras la alimentación, la narración de Juan continúa con Jesús alejándose de la zona, pero lo que ocurre a continuación está claramente relacionado. Una vez que Jesús llega a Su destino, comienza a enseñar al pueblo una lección basada en lo que habían visto poco antes.

Jesús les dijo: «Yo soy el pan de la vida; el que viene a Mí no tendrá hambre, y el que cree en Mí nunca tendrá sed . . . Todo lo que el Padre me da, vendrá a Mí; y al que viene a Mí, de ningún modo lo echaré fuera . . .Y esta es la voluntad del que me envió: que de todo lo que Él me ha dado Yo no pierda nada, sino que lo resucite en el día final” (vv. 35, 37-39, NBLA; énfasis añadido).

Sin duda, los discípulos no habían olvidado el milagro de la alimentación de los cinco mil, ni el hecho de recoger doce cestas con restos de comida. Por eso, no cabe duda de que entendían la relación entre el milagro y la lección que Jesús les enseñaba, aunque en aquel momento no comprendieran todo su significado. Jesús estaba resaltando a Sus oyentes que el milagro no era solo una señal de Su identidad mesiánica (vers. 14), sino también una lección viva que revelaba Su intención y la del Padre al obrar con Su familia humana (vers. 39).

El Pan del Cielo

Aunque Jesús podría haberse limitado a enfatizar verbalmente en que “El Padre de ustedes que está en el cielo no quiere que se pierda ninguno de estos pequeños” (Mateo 18:14), Juan nos muestra lo importante que aparentemente era este punto, a tal grado que Jesús lo dejó bien claro mediante un milagro. Puede que sepamos intelectualmente que nuestro
Padre no desea que nadie se pierda, pero en nuestros momentos de fracaso o desánimo, debemos recordar hasta qué grado Cristo nos dejó claro ese punto para que lo viéramos con claridad.

En muchas traducciones de la Biblia, Juan 6:30 se traduce, “¿Qué señal nos darás?”. Esta sería una pregunta extraña por parte de las personas después de acabar de presenciar la alimentación de los cinco mil. Sin embargo, el verbo griego no está en futuro, sino en tiempo presente (“¿Cuál es la señal que nos estás dando?”). La multitud no pedía otra señal, sino una explicación de la que acababan de ver (ver RVR 1960, NBLA, etc.).

Con toda razón, la multitud interpretó el hecho de que Jesús alimentara a la multitud en aquel desierto como una repetición del maná del cielo que se había dado en tiempos de Moisés: “Nuestros antepasados comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer” (Juan 6:31). Por implicación, si Jesús era como Moisés, Él debe ser el profeta que Moisés había predicho que sería como él (Deuteronomio 18:15). Por eso la multitud deseaba hacer de Jesús su líder, como Moisés en aquel tiempo (Juan 6:14, 15).

Pero Jesús desvió la atención de la multitud de Moisés hacia Dios: “Les aseguro que no fue Moisés el que les dio a ustedes el pan del cielo — afirmó Jesús. El que da el verdadero pan del cielo es mi Padre“ (v. 32). Jesús también hizo hincapié en otra lección: “Trabajen, pero no por la comida que es perecedera, sino por la que permanece para vida eterna” (v. 27). En cambio, dijo a la multitud que trabajara por el pan que Dios da y que perdura para vida eterna.

Obra de fe

Al decir esto, Jesús nos enseñó que la salvación es tanto una obra como un don. Debemos esforzarnos por recibir el don que Dios nos ofrece, y esa obra es la obra de fe: “Esto es lo que Dios quiere que hagan: que crean en aquel a quien él envió —respondió Jesús” (v. 29).

Creer es uno de los temas recurrentes del Evangelio de Juan. El apóstol se esfuerza por destacar que, aunque Jesús ofreció la vida eterna a quienes acuden a Él, debemos creer en Él como el verdadero Pan de Vida para recibir ese don.

Y cuando creemos, y perseveramos en nuestra fe, nosotros mismos nos convertimos en parte de otro milagro. Espiritualmente, nos hacemos uno con el Pan de Vida y, al mismo tiempo, fragmentos separados de Él. Al igual que las migajas de las señales milagrosas que Jesús realizó, es Su voluntad que ninguno de nosotros se pierda.

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¿Cúanto Es Demasiado?

Written By

R. Herbert holds a Ph.D. in ancient Near Eastern languages, biblical studies, and archaeology. He served as an ordained minister and church pastor for a number of years. He writes for several Christian venues and for his websites at http://www.LivingWithFaith.org and http://www.TacticalChristianity.org, where you can also find his free e-books. R. Herbert is a pen name.

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