por Jewell Johnson
Una joven pareja se compromete a pagar unas cuotas mensuales elevadas para comprarse un coche de lujo.
Una familia agota el límite de su tarjeta de crédito para tomarse unas vacaciones en un lugar caro.
Una mujer deja más de doscientos pares de zapatos en su armario cuando fallece.
Es fácil convencernos a nosotros mismos de que seremos más felices si poseemos más cosas. Pero, ¿cuánto es demasiado? La Biblia reconoce nuestra necesidad de comida, ropa y refugio. También nos da principios con los que podemos evaluar nuestra relación con lo que poseemos.
Obsesionado por las posesiones. Las casas y las tierras — las cosas que poseemos — exigen nuestra atención, pero si nos dominan, es que tenemos demasiado. Nuestra obsesión por las posesiones, el dinero y el trabajo pueden hacernos insensibles a lo que realmente importa. En la parábola del sembrador y la semilla, la semilla que cae entre espinas es ahogada por el afán de la vida (Mateo 13:22).
Jesús contó la parábola de un granjero que construyó graneros más grandes para sus cosechas (Lucas 12:18-21). Absorto en recolectar y almacenar la abundante cosecha, no tuvo en cuenta a Dios en su vida, solo en obtener más. No era rico ante Dios.
Cuando las cosas que poseemos y cuidamos consumen la mayor parte de nuestro tiempo y energía, el rostro de Dios queda velado. Nuestras posesiones nos controlan.
Olvidando nuestra Fuente. Tenemos demasiado si olvidamos nuestra verdadera Fuente. Santiago señala que Dios es la fuente de todas nuestras posesiones: “Toda buena dádiva y todo don perfecto desciende de lo alto, del Padre de las luces . . .” (1:17). No podemos proveer para nosotros mismos; nosotros dependemos de Dios para las provisiones de la vida. Cuando oramos: “El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy” (Mateo 6:11), reconocemos al Señor como nuestra fuente.
Ignorando al pobre. Dios se preocupa por el niño hambriento, por la familia sin hogar, por el frágil y por la anciana. Si los ignoramos, es que tenemos demasiado. En el Antiguo Testamento, Dios ordenó a los segadores que dejaran las esquinas de los campos para los pobres (Levítico 19:9, 10). Pablo animó a la iglesia de Corinto a enviar una ofrenda a los cristianos necesitados de Jerusalén (1 Corintios 16:1-3).
Uno de los propósitos de ganar un salario es que podamos ayudar a los pobres. Pablo escribe: “El que robaba, que no robe más, sino que trabaje honradamente con las manos para tener qué compartir con los necesitados” (Efesios 4:28). Los pobres son tan importantes para Dios que Él pronuncia una bendición sobre quienes los ayudan: “Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día malo lo librará Jehová” (Salmo 41:1). Compartir nuestros recursos para ayudar a los necesitados no es una sugerencia, sino un mandato que los seguidores de Cristo deben tomar en serio.
Descontento. ¿Por qué un padre muda a su familia con frecuencia en busca del trabajo perfecto? ¿Por qué una mujer compra ropa que no necesita? A menudo, la culpa la tienen los sentimientos de insatisfacción: otra señal de que tenemos demasiado.
La Palabra de Dios nos enseña: “Contentos con lo que tenéis ahora” (Hebreos 13:5). Y “Así que, teniendo sustento y abrigo, estemos contentos con esto” (1 Timoteo 6:8). Estos versos son un llamado a llevar un estilo de vida más sencillo. Si no estamos satisfechos con la comida, la ropa y el techo, lo básico, tal vez debamos reducir nuestras posesiones y esforzarnos por cultivar una actitud de satisfacción. La persona que se conforma con su lugar en la vida y con lo que posee ha descubierto uno de los secretos de la felicidad: “Pero gran ganancia es la piedad acompañada de contentamiento” (1 Timoteo 6:6, RVR 1960).
Ingratitud. Cuando era niña, mi madre solía recordarme: “Acuérdate de dar las gracias”. Me preguntaba si esas palabras eran en verdad importantes.
Lo son. A Dios le complace que Sus hijos le expresen gratitud. Pablo escribe: “Dando siempre gracias a Dios el Padre por todo” (Efesios 5:20). También nos exhorta: “Así que tengan cuidado de su manera de vivir. No vivan como necios, sino como sabios, … dando siempre gracias a Dios el Padre por todo” (vv. 15, 20). El simple hecho de inclinar la cabeza antes de comer, o de agradecer al final del día por todo lo que se tiene, agrada a nuestro Creador. Las posesiones son temporales. Nuestra relación con Dios es eterna. Cristo nos asegura que cuando busquemos primero el reino de Dios “todas estas cosas les serán añadidas” (Mateo 6:33). Tendremos lo suficiente.



