En la Gran Comisión se nos dice que obedezcamos los mandamientos de Jesús. ¿Son diferentes de los mandamientos de Dios?
En una palabra, no. Los mandamientos de Jesús son el corazón de Dios para la humanidad. Jesús de Nazaret es tanto verdaderamente Dios como verdaderamente hombre, estando eternamente con el Padre y trabajando colaborativamente en la creación (Génesis 1:26; Juan 1:1-3, 10; Colosenses 1:16, 17; Hebreos 1:2). Además, en contexto, estos versos describen a Jesús tanto como agente y como propósito de la creación. Dios nunca está en desunión consigo mismo. Por lo tanto, los mandamientos del Hijo no son diferentes de los de Dios.
Comprender la diferencia entre la ley eterna y la ley ceremonial ayuda a evitar malinterpretaciones. Por eso es importante considerar por qué los mandamientos de Jesús dados mientras estaba en la tierra no pueden ser diferentes de los de Dios. Hay otras preguntas relacionadas con esta cuestión que merecen una respuesta, pero aquí el espacio impide que las gestione.
Jesús nunca daría un mandamiento de intención diferente a lo que Dios ya había dado. El Hijo solo pronunció las palabras que eran la voluntad de Su Padre. Jesús afirma: “Porque yo no he hablado por mi propia cuenta; el Padre que me envió, él me dio mandamiento de lo que he de decir, y de lo que he de hablar” (Juan 12:49, 50; cf. 5:19, 30; 6:38; 8:28, 29; 14:10). Cada palabra de Dios coincide con las demás.
¿Qué diferencia hay en los mandamientos de Jesús que podría haber motivado esta pregunta? Un abogado fariseo examinó a Jesús preguntando: “Maestro, ¿cuál es el gran mandamiento en la ley?Jesús le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con toda tu mente.Este es el primero y grande mandamiento.Y el segundo es semejante: Amarás a tu prójimo como a ti mismo.De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas” (Mateo 22:36-40). Así como los Diez Mandamientos son el resumen de la ley, la respuesta de Jesús es la suma del resumen.
Debemos tener cuidado de señalar que no todo lo que se le dio a Israel se extendió hasta la Era de la Iglesia. Jesús afirmó que vino a cumplir la ley no a destruirla (5:17). Esto significa que Él cumplió todos los requisitos de la ley, permitiendo que “muriera” tras Su sacrificio como medio para la justificación, que es por la gracia de Dios a través de la fe en Jesucristo (Efesios 2:8-10).
La buena noticia es que la ley de Dios está destinada a ser vivida con amor lleno de gracia (Jeremías 31:33; Hebreos 8:10; 10:16). La verdadera buena noticia es que en el nuevo pacto, el creyente nace de nuevo por el Espíritu Santo de Dios. En su nueva naturaleza, el creyente vive en obediencia a través de la gracia y en el amor genuino hacia Dios, no a través de la obediencia legalista. Este es el modelo que planteó Jesús (Mateo 3:13-17; Marcos 1:9-11; Lucas 3:21, 22).
En Juan 1:29-34, Juan el Bautista declara que el Espíritu Santo que permanece sobre Jesús lo identifica como el Mesías prometido. De manera similar, el hijo de Dios es hecho así por la morada del Espíritu Santo (Hechos 2:38; Efesios 1:13; Romanos 8:9). La presencia empoderadora de Dios en los creyentes les capacita para crecer en la dirección y naturaleza de Jesucristo (2 Corintios 5:17-21) y obedecer Sus mandamientos.
— Anciano Chip Hinds
