Decidir mantenerse alejado de los reflectores.
por Caroline S. Cooper
Hace muchos años asistí a mi primera conferencia cristiana para mujeres en una sala local para conciertos. Adoramos, escuchamos presentaciones de oradoras cristianas populares y disfrutamos de la comunión con otras mujeres cristianas. Mientras conducía de vuelta a casa tras el evento, reflexioné sobre mi creciente ministerio como escritora y predicadora. “Puedo hacerlo”, me dije a mí misma. Podría ser una conferencista cristiana. Me encantaría enseñar a miles de personas acerca de Dios.
Ese sueño no se hizo realidad. El que alguna vez fue mi deseo de popularidad y prestigio no formaba parte del plan de Dios. Incluso ahora, a veces me vienen a la mente preguntas ambiciosas: ¿Por qué Dios no me abre la puerta para tener un protagonismo a nivel nacional y un ministerio mundial? ¿No debería estar haciendo más con los dones que Dios me ha dado?
He aprendido a reconocer estos pensamientos, a dejarlos de lado y a volver mi mente hacia Jesús. Él dio el ejemplo de cómo servir con amor y humildad.
Cuando amemos a Dios con todo nuestro corazón, alma, mente y nuestras fuerzas, amaremos a los demás como a nosotros mismos (Marcos 12:29-31), nos sentiremos satisfechos de servir humildemente a los demás de la manera única en que Dios nos ha llamado. Puede ser o un pequeño grupo de personas que sufren o un estadio lleno de fieles. Dios me ha dado alegría y plenitud en la obra que estoy realizando para Él. No necesito ser el centro de atención, ni necesito de un escenario mundial. Simplemente necesito a Jesús.
Anhelo de humildad
Marcos nos revela en su Evangelio que los discípulos de Jesús no eran inmunes a ese deseo de grandeza.
“Entonces Jacobo y Juan, hijos de Zebedeo, se le acercaron, diciendo: Maestro, querríamos que nos hagas lo que pidiéremos.Él les dijo: ¿Qué queréis que os haga? Ellos le dijeron: Concédenos que en tu gloria nos sentemos el uno a tu derecha, y el otro a tu izquierda” (10:35-37).
La versión de Mateo sobre este suceso, o quizá en otra ocasión, la madre de Santiago y de Juan pidió a Jesús que colocara a sus hijos en esos puestos de poder (20:20, 21).
La respuesta de Jesús reveló una mentalidad radicalmente diferente a la del mundo. En la narrativa de ambos Evangelios, Jesús le dijo primero a Santiago y a Juan que, aunque ellos deseaban seguir Sus pasos, no estaban preparados para hacerlo. A continuación dijo a los discípulos: “Y el que de vosotros quiera ser el primero, será siervo de todos. Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos” (Marcos 10:44, 45).
Por lo tanto, en el reino de Jesús el deseo debe ser de humildad, no de grandeza.
Siervo humilde
Jesús no esperaba que Sus discípulos hicieran nada que Él mismo no estuviera dispuesto a hacer. Cuando realizó Su primer milagro público en las bodas de Caná, lo hizo a petición de Su madre. Después de que ella le explicara la situación, Él le respondió diciendo que aún no había llegado Su hora.
Pero Jesús accedió a la petición de Su madre, revelando Su corazón de siervo. Seis grandes jarras de piedra, o tinajas, estaban llenas hasta el borde de agua. Jesús transformó milagrosamente el agua en vino, pero lo hizo en secreto, sin llamar la atención de Sus acciones. Solo los sirvientes sabían lo que había sucedido.
Aunque Jesús pidió a aquellos a quienes sanó al principio de Su ministerio que mantuvieran Su identidad en secreto, la noticia de Su poder comenzó a difundirse. Su creciente popularidad llamó la atención de los líderes religiosos. Mateo escribe: “Y salidos los fariseos, tuvieron consejo contra Jesús para destruirle. Sabiendo esto Jesús, se apartó de allí; y le siguió mucha gente, y sanaba a todos” (Mateo 12:14, 15).
A pesar de que las amenazas contra Él comenzaron a intensificarse, Jesús los sanó a todos. No rechazó a nadie. No dejó de sanar ni siquiera cuando Sus pies estaban cansados o cuando sentía hambre. Él respondió a las necesidades de la gente como un siervo humilde, mostrándoles amor y bondad incondicional.
Acto supremo de servicio
A lo largo de Su ministerio,
Jesús hizo muchas cosas grandiosas, pero no para llamar la atención. En Su última cena de Pascua, el día antes de Su detención, Jesús se reunió con Sus discípulos a puerta cerrada. Entonces, el Señor del universo se arrodilló ante cada uno de esos hombres y les lavó los pies. Una vez más, asumió el papel de siervo al realizar esa tarea sucia, complicada y maloliente para aquellos a quienes había llamado a seguirle.
Lavarles los pies era un ejemplo que Él esperaba que ellos siguieran. Les dijo: “De cierto, de cierto os digo: el siervo no es mayor que su señor, ni el enviado es mayor que el que le envió. Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis” (Juan 13:16, 17, énfasis añadido). Más tarde, esa misma noche, Jesús volvió a hacer hincapié en esta importante enseñanza (15:20).
Nuestro llamado a servir
Estoy agradecida de que Dios me haya enseñado el verdadero significado del servicio. Sí, aún sigo teniendo pensamientos de orgullo y grandes aspiraciones para mi vida, pero he aprendido que el plan de Dios siempre será mejor de lo que yo pueda imaginar.
La humildad es esencial para vivir como siervo. Jesús, el mayor siervo de todos, nos ha llamado a servir. Como Sus seguidores, esforcémonos por ser como Él.







