por Kelsey Gjesdal
Y se apartó de ellos como a un tiro de piedra, y poniéndose de rodillas, oraba,diciendo: “Padre, si es Tu voluntad, aparta de Mí esta copa; pero no se haga Mi voluntad, sino la Tuya”. Entonces se apareció un ángel del cielo, que lo fortalecía.Y estando en agonía, oraba con mucho fervor; y Su sudor se volvió como gruesas gotas de sangre, que caían sobre la tierra (Lucas 22:41-44).
Estaba sentada en la sala de estudio de la universidad, intentando desesperadamente concentrarme en la tarea que debía terminar esa misma noche, mientras trataba de ignorar el latido acelerado de mi corazón. La espiral de “y si . . . ” y de sentir que nada era suficiente alejaba mi mente de las tareas que tenía delante.
Me encontraba a mitad de mi carrera universitaria, en plena pandemia, y el estrés que esto generaba, sumado a mis propias luchas personales, había llegado a un punto crítico. La ansiedad me paralizaba; acababa de empezar a acudir a un consejero para que me ayudara a afrontar mi situación. Pero, aunque racionalmente sabía que podía liberarme de la ansiedad, en aquel momento sentía que me ahogaba.
No recuerdo bien cómo di con aquel video, pero me tomé un descanso para verlo; trataba sobre la agonía de Cristo en el huerto de Getsemaní. Lo que aprendí al respecto cambió para siempre mi forma de entender la ansiedad.
Lucas describe el sufrimiento de Jesús en Getsemaní utilizando una expresión única en su Evangelio. Dice que, mientras Cristo oraba, “Su sudor era como gotas de sangre”. Esto se conoce como hematidrosis, una afección médica poco común en la que una persona suda sangre a través de la piel sin tener ningúna cortada o herida. Según WebMD, aunque esta afección puede ser síntoma de trastornos hemorrágicos, también puede deberse a un miedo o ansiedad extremos.
Descubrir esto me dejó impactada. ¿Jesús, el santo Hijo de Dios, sabía lo que se sentía al padecer ansiedad? Entonces leí en Hebreos:
Porque no tenemos un Sumo Sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras flaquezas, sino Uno que ha sido tentado en todo como nosotros, pero sin pecado (4:15).
Me quedé muy sorprendida al darme cuenta de que mi Sumo Sacerdote podía comprender mi debilidad, mi ansiedad. Sí, Jesús era plenamente Dios, pero también era plenamente hombre. Jesús experimentó dolor físico, cansancio, hambre y sed. Sufrió a manos de otras personas, sintió dolor emocional y angustia mental. Jesús se humilló a Sí mismo para abrazar plenamente nuestra humanidad y ponerse en nuestro lugar porque nos ama.
Jesús no solo podía identificarse con mi ansiedad, sino que además era perfecto. Él no respondió a Su ansiedad de forma pecaminosa, como yo tiendo a hacer. No respondió preocupándose, quejándose o dudando de la bondad del Padre. En lugar de eso, Él oró. Jesús llevó Sus preocupaciones al Padre, donde encontró fuerzas para afrontar las pruebas que tenía por delante.
Mis ansiedades son pequeñas en comparación con las que experimentó Cristo al anticipar las agonías de la cruz que le esperaban. Sin embargo, el Señor se preocupa por las cargas que pesan sobre nuestros corazones y nuestras mentes. Él comprende nuestra debilidad: “Porque Él sabe de qué estamos hechos, se acuerda de que solo somos polvo” (Salmo 103:14). Jesús tiene misericordia de nuestras debilidades debido a Su gran amor por nosotros.
El amor de Cristo por el Padre y por nosotros lo llevó a la cruz. Y en la cruz, la gracia se derramó para satisfacer todas nuestras necesidades. La gracia de Cristo nos salva de nuestros pecados; Su gracia contempla nuestras lágrimas y sana nuestros corazones y mentes quebrantados. Su gracia nos enseña a responder adecuadamente a la ansiedad.
Mi camino hacia la sanidad ha sido un proceso largo, y sigo siendo santificada mientras aprendo a llevar mis ansiedades al trono de la gracia en lugar de permitir que den vueltas en mi mente. Pero cuando la ansiedad llama a la puerta, sé que puedo clamar a mi Señor en busca de ayuda sin sentir vergüenza, porque Él ha pasado por eso. Él lo sabe. Y Él cuida de mí.






