por Moises Capetillo
“Tú que derribas el templo, y en tres días lo reedificas, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz” (Mateo 27:40).
La gente gritaba y se burlaba de nuestro Salvador. Sus palabras tenían por objeto herir. Provenían de personas que pasaban por el Calvario, sacudiendo la cabeza y escarneciendo al Salvador que sufría. Los sumos sacerdotes, los escribas y los ancianos se unieron a ellos: “A otros salvó, a sí mismo no se puede salvar” (v. 42).
Para ellos, la prueba de la identidad de Jesús habría sido que se escapara. Si realmente Él era el Hijo de Dios, podría bajarse. Podría silenciar a Sus enemigos. Podría convertir la vergüenza en gloria en un instante. Podría salvarse a Sí mismo.
Pero ellos no entendían la cruz.
Jesús no permaneció en la cruz porque no tuviera poder. Permaneció porque era obediente. Permaneció porque nos amaba. Permaneció porque la salvación del mundo no requería un Salvador que bajara sino un Salvador que perseverara hasta que la obra estuviera consumada. Además, permaneció en la cruz porque el amor es la demostración más poderosa de poder.
La gran maravilla del Calvario no es que Jesús pudiera haber bajado de la cruz. La maravilla es que no lo hizo.
A lo largo de Su ministerio, Jesús dejó claro que Su muerte no sería un accidente ni una derrota. No sería el trágico final de la vida de un buen maestro. Él dijo: “Yo pongo mi vida, para volverla a tomar. Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo” (Juan 10:17, 18).
Esto significa que la cruz no fue el lugar donde Jesús perdió el control. Ese fue el lugar donde Su obediencia se reveló plenamente. La cruz fue donde Jesús se convirtió en el Hijo obediente, obedeciendo al Padre por encima de todo lo demás.
Antes de que los clavos le atravesaran Sus manos, Jesús ya había entregado Su voluntad. En Getsemaní oró: “Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú” (Mateo 26:39). La agonía era real. El dolor era profundo. La copa era amarga. Aun así, el Hijo se entregó por completo a la voluntad del Padre.
Cuando Jesús se presentó ante Sus acusadores, la decisión ya estaba tomada. No se defendería para evitar la cruz. No invocaría legiones de ángeles para que lo rescataran. No respondería al odio con odio. Él obedecería.
Por eso las burlas en la cruz son tan dolorosas y tan reveladoras: “A otros salvó; a sí mismo no se puede salvar”. La gente lo decía como un insulto. Pero, sin saberlo, estaban expresando una profunda verdad. Si Jesús se hubiera salvado a Sí mismo, no habría podido salvarnos a nosotros.
Él podría haber bajado. Pero el amor lo mantuvo allí.
Los clavos eran reales. El dolor era real. La crueldad era real. Pero no fueron solo los clavos los que mantuvieron al Hijo de Dios en la cruz. Fue el amor. Fue la obediencia. Fue la misericordia. Fue el gozo que tenía ante Sí. Hebreos 12:2 dice que Jesús, “el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio”.
¿Qué gozo podía haber en tal sufrimiento? El gozo que Jesús vio más allá de la cruz. Vio a los pecadores reconciliados con Dios. Vio a los enemigos convertidos en amigos. Vio la muerte vencida. Vio la resurrección venidera. Vio a los redimidos reunidos en el reino de Dios. Vio una iglesia llena de personas imperfectas unidas en la adoración y en una gratitud sin fin gracias al sacrificio en aquella cruz.
Esto es lo que significa el Calvario para el mundo: Dios ha abierto un camino para que los pecadores se reconcilien con Él a través de Jesucristo. La cruz no es solo un ejemplo de valentía, aunque sea valiente; no es solo una imagen de injusticia, aunque ponga al descubierto la injusticia; no es solo la muerte de un hombre inocente, aunque Jesús fuera inocente. La cruz es el sacrificio expiatorio del Hijo de Dios.
En la cruz, la culpa se encuentra con la gracia. El juicio se encuentra con la misericordia. La santidad de Dios y el amor de Dios se ven juntos en el Cristo crucificado.
Entonces se oyó el grito: “¡Consumado es!” (Juan 19:30).
No “Estoy acabado”, como si la muerte le hubiera derrotado. No “Lo intenté”, como si la redención hubiera fracasado. Sino “¡Consumado es!” El sacrificio se había completado. La deuda había sido pagada. La obra que el Padre le había encomendado a Jesús se había cumplido.
La multitud gritaba: “¡Baja!”, pero Jesús se quedó. Se quedó hasta que se dio respuesta al pecado y se abrió la misericordia. Se quedó hasta que se rasgó el velo y se pagó el precio. Se quedó hasta que pudo decir: “¡Consumado es!”
Por eso no pasamos de largo ante la cruz. Antes de celebrar el sepulcro vacío, nos detenemos a contemplar el Calvario. Recordamos al Cordero que fue inmolado. Recordamos al Salvador que se quedó. Recordamos que nuestra esperanza no se compró con plata ni con oro, sino con la preciosa sangre de Cristo.
El mundo le dijo: “Sálvate a ti mismo”. Pero Jesús eligió salvarnos a nosotros.






