Pasando de ser admiradores a seguidores de Jesús.
por Moises Capetillo
Hay una diferencia entre estar cerca de Jesús a seguirlo.
A lo largo de los Evangelios, Jesús está rodeado de las multitudes. La gente acude a Él de todas partes — para escuchar Su enseñanza, para presenciar milagros, para experimentar algo extraordinario. Escuchan, observan, se maravillan. Pero no todos le siguen. Algunos solo sienten curiosidad. Otros están impresionados. Otros tienen esperanza. Algunos necesitan sanidad. Otros se muestran escépticos. Así que las multitudes son numerosas e impresionantes, pero solo unos pocos se convierten en discípulos. Y Jesús conoce la diferencia.
Hace poco tiempo participé en una gran reunión en la que un ponente compartía un mensaje impactante y cautivador. La sala estaba llena y se podía sentir la energía. La gente estaba muy atenta, asintiendo con la cabeza e incluso tomando notas. Cuando terminó el sermón, el ponente invitó a los presentes a dar un paso más — a comprometerse, a involucrarse, a pasar de simplemente escuchar a poner en práctica lo que se acababa de compartir.
La mayoría de la gente se quedó en sus asientos. Algunos recogieron sus cosas. Unos pocos dieron un paso al frente. Solo unos cuantos se quedaron después de la oración para pedir indicaciones al predicador.
Todos habían escuchado el mensaje, pero solo un puñado respondió. Mientras veía cómo se desarrollaba ese momento, no pude evitar pensar en las multitudes que seguían a Jesús y darme cuenta de que hoy en día existe la misma dinámica.
En un momento dado en Juan 6, tras la poderosa y desafiante enseñanza de Jesús sobre comer Su carne y beber Su sangre (vv. 41-65), muchos de los que habían estado siguiendo a Jesús tomaron una decisión: “Desde entonces muchos de sus discípulos volvieron atrás, y ya no andaban con él” (v. 66). La misma multitud que había visto milagros y había recibido provisión (vv. 1-14), ahora se alejaba.
¿Qué ha cambiado? El mensaje se ha vuelto costoso.
La admiración permanece para alimentarse y disfrutar de los milagros. Sin embargo, le cuesta rendirse. Cuando la enseñanza de Jesús exige más que simple curiosidad — cuando requiere compromiso — la multitud se va reduciendo. Así sucedió en aquel tiempo y así sigue sucediendo hoy en día.
Reordenando prioridades
En Lucas 14, grandes multitudes acompañaban a Jesús (v. 25). A juzgar por las apariencias, esto era todo un éxito. El movimiento estaba creciendo. La audiencia se ampliaba. Si alguna vez hubo un momento para simplificar el mensaje, era este.
Pero Jesús hace algo inesperado. Se vuelve hacia la multitud y les dice: “Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo” (v. 26).
No son palabras fáciles de aceptar. Cuando Jesús habla de “aborrecer” al padre, a la madre e incluso a la propia vida, no está fomentando la hostilidad. Está estableciendo una prioridad.
Seguir a Cristo significa que cualquier otra lealtad debe quedar en segundo plano. El discipulado no es algo que incluyamos a nuestras vidas. Es algo que transforma nuestros pensamientos, nuestras acciones, todo nuestro ser.
Jesús no nos pide que le incluyamos. Nos llama a rendirnos por completo.
El costo del discipulado
Jesús continuó diciendo: “El que no lleva su cruz y viene en pos de mí, no puede ser mi discípulo” (v. 27).
En el primer siglo, la cruz no era un simple símbolo; era algo definitivo. Llevar una cruz significaba caminar hacia la rendición, hacia la pérdida del control, hacia la negación del yo.
Aquí es donde suele detenerse la admiración. La admiración es cómoda; el discipulado es costoso. La admiración solo escucha; pero el discipulado obedece. La admiración permanece entre la multitud; el discipulado se separa de ella. La admiración escucha el llamado; el discipulado responde a el. La admiración se siente atraída por el milagro; el discipulado se compromete con el Maestro. La admiración pregunta: “¿Qué puedo recibir?” El discipulado pregunta: “¿A qué debo renunciar?”
Jesús deja clara esta distinción en otro pasaje: “¿Por qué me llamáis, Señor, Señor, y no hacéis lo que yo digo?” (6:46). La diferencia entre la multitud y el discípulo no es la proximidad sino la obediencia. Una de las realidades más aleccionadoras de los Evangelios es que las personas pueden estar cerca de Jesús y, aun así, no seguirlo.
El joven rico lo demuestra. Él se acerca con sinceridad, haciendo la pregunta correcta, pero luego se marcha cuando el precio le resulta claramente demasiado alto como para pagarlo (Marcos 10:17-22).
Las multitudes aclaman a Jesús en un momento y lo abandonan al siguiente, lo que demuestra que estar cerca de Jesús no es lo mismo que rendirse a Él.
Jesús ofrece dos pequeños ejemplos pero profundos sobre este punto: un constructor que edifica una torre y un rey que se prepara para la guerra (Lucas 14:28-32). Ambos ejemplos hacen hincapié en el mismo principio: Considera el costo antes de comprometerte.
Ningún constructor comienza sin calcular los recursos. Ningún rey va a la batalla sin considerar el riesgo. Y, sin embargo, muchos se acercan al discipulado sin reflexionar. Jesús no está desanimando a Sus seguidores; está invitandolos a que lo tomen en serio. Concluye diciendo: “Cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo” (v. 33).
Esta es la línea divisoria. Seguir a Jesús significa soltar el control — no solo de las posesiones sino también de las prioridades, los planes, la identidad y la dirección.
Porque la admiración cuesta poco. Pero el discipulado cuesta todo.
Una invitación permanente
Si somos honestos es fácil quedarse en la multitud. Podemos escuchar con frecuencia, estar de acuerdo a nivel intelectual, participar de forma superficial — y aún así, eludir la pregunta más profunda: ¿Estoy siguiendo de verdad a Jesús? Seguir a Jesús se manifiesta en la obediencia — en decisiones que se ajustan a Su Palabra, en una entrega que reorienta nuestras prioridades, en una fidelidad silenciosa cuando nadie nos observa.
Jesús nunca pidió admiración. Pidió discípulos.
La multitud siempre estará ahí —observando, escuchando, reaccionando. Pero la invitación no es permanecer en la multitud. Es salir de ella. Calcular el costo. Cargar la cruz. Seguirle.
Calcular el costo no tiene como objetivo alejarnos, sino hacernos conscientes. Porque Jesús quiere seguidores que entiendan en lo que se están adentrando — no solo en momentos de inspiración, sino en una vida entera de entrega.
Jesús no busca admiradores. Él está llamando a seguidores. Y aunque el discipulado lo exija todo . . . nos conduce a todo lo que realmente importa.




