Prisionero en esta isla solitaria,
en una choza de piedra junto al mar,
entre tormenta y hambre, frío y sequía,
mi Salvador me consuela.
Innumerables años, mas no en vano;
tomé la pluma en mano
para escribir de Aquel que me llamó
cuando posó Su mirada en mi camino.
Dejé el mar para seguirle,
seguí las huellas del Maestro;
escuché Sus palabras y sentí Su amor,
y temblé cuando Él lloró.
Él cargó con las penas de los perdidos
y consoló las almas
de cuantos acudían a escucharle;
la fe los hizo sanar.
Mas mi espíritu anhelante aún suspira
por el día que pronto llegará,
cuando Él pronuncie mi nombre otra vez
y su rostro vuelva a contemplar.
Nathanael Reed

