por Emily Acker
Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó a enseñarles muchas cosas (Marcos 6:34).
Mientras vivió en la tierra, Jesús sabía lo que le esperaba. Sabía que finalmente sería arrestado, menospreciado, maltratado y crucificado. Conocía el dolor que tendría que soportar al ofrecerse como sacrificio inocente. También sabía quién destruiría Su vida.
Si cualquiera de nosotros supiera que todo eso nos aguardaba en el futuro, ¿no pensaríamos en ello constantemente? ¿No nos sentiríamos desanimados por ello y pensaríamos que tenemos que aprovechar al máximo los días que nos quedan hasta la muerte para poder disfrutar un poco de la vida?
Nuestra atención se centraría en nosotros mismos, en lo que nos espera y en el dolor que habríamos de padecer. Si supiéramos que la muerte se acercaba — y una muerte atroz, además — probablemente ignoraríamos a quienes nos rodean.
Jesús sabía que iba a morir; sin embargo, la vida que llevó en la tierra no giraba en torno a Sí mismo. No se trataba de buscar todo el placer posible antes de que comenzara el sufrimiento, ni de quedarse de brazos cruzados sintiéndose miserable al pensar en Su futuro. Él no se centraba en Sí mismo ni sentía lástima por lo que estaba por ocurrir o por la injusticia de la situación. La vida de Jesús se basaba en estar presente para los demás y atender sus necesidades; se centraba en el prójimo y en una actitud de servicio.
Cuando Jesús se encontraba con multitudes, lo cual pasaba a menudo porque la gente siempre intentaba estar cerca de Él, sentía compasión de aquellos que estaban sufriendo o acudían a Él en busca de ayuda. Jesús sanaba a los que estaban enfermos.
Jesús sanaba a los enfermos. Él conversaba con la gente y los animaba. Les ayudaba a conocer a Su Padre y les demostraba amor. Nunca rechazó a nadie ni pidió a las multitudes que buscaran a otro a quien seguir. No les dio la espalda para irse a hacer algo divertido. Jesús quería que Su vida en la tierra dejara huella. Sabía que eso sucedería si acogía a las multitudes y les brindaba el amor y la atención que buscaban.
Cuando Jesús caminó entre nosotros, las vidas de las personas cambiaron porque Él estuvo dispuesto a mostrar compasión, aun sabiendo lo que estaba a punto de afrontar. Él tendió la mano incluso a aquellos que estaban a punto de negarlo (pensemos en Pedro en Mateo 26), a quienes dudaban de Él (pensemos en Tomás en Juan 20) y a quienes decidieron no seguirlo. Él mostró bondad incluso hacia aquellos que formaban parte del mundo que estaba a punto de quitarle la vida.
Jesús no permitió que la preocupación por el futuro lo dominara. Más bien, mostró misericordia y amor a lo largo de toda Su vida. ¡Qué Salvador tan amoroso! ¡Qué Dios para adorar! ¡Qué ejemplo a seguir! Espero que seamos más como Él.



