El Discípulo Junto a la Cruz

Explorando el testimonio único de Juan.

por R. Herbert

Los Evangelios de Mateo, Marcos y Lucas relatan el arresto, el juicio y la crucifixión de Jesús, y cada uno ofrece sus propios detalles sobre estos acontecimientos. Pero el Evangelio de Juan ofrece muchas perspectivas únicas sobre lo que ocurrió antes de la muerte de Cristo, y toda su segunda mitad (capítulos 13-21) se centra en estos acontecimientos. Esto se debe a que Juan fue, evidentemente, el único discípulo presente en algunas partes del juicio de Jesús (18:15-40) y estuvo realmente presente al pie de la cruz (19:35).

Arresto

Uno de los aspectos más característicos del Evangelio de Juan es el relato extenso y detallado del discurso de despedida y la oración de Jesús la noche de Su arresto. Pero Juan también nos ofrece un dato singular sobre el mismo arresto.

Solo Juan nos cuenta que, cuando los enviados a detener a Jesús lo encontraron con Sus discípulos en Getsemaní, preguntaron cuál de ellos era Jesús. La mayoría de las traducciones al inglés dicen que, cuando Él respondió: Yo soy [Él), los soldados y los líderes judíos cayeron hacia atrás, atónitos (18:6). Pero la palabra él es una adición, y las palabras Yo soy (ego eimi en griego) hacen eco directamente al nombre de Dios que fue revelado a Moisés (Éxodo 3:14).

Estas palabras que pronunció Jesús son la culminación de siete ocasiones (Juan 4:26; 8:24, 28, 58; 13:19; 18:5, 8) en las que Jesús utilizó esa misma expresión Yo soy. (Estas se suman a las siete declaraciones que registra Juan, en las que Jesús afirmó cosas tales como: “Yo soy el pan de vida”, etc.). Yo soy es fundamental para el tema principal del Evangelio de Juan en lo que respecta a la naturaleza divina de Jesús.

Juicio

Dado que, al parecer, la familia de Juan tenía contactos con el sumo sacerdote, Juan pudo entrar en la casa de este (18:15) y, al parecer, presenció partes del juicio de Jesús. Juan muestra un interés especial por relatar las conversaciones importantes de Jesús con personas concretas (Nicodemo, la mujer samaritana y otros), más que por Sus enseñanzas públicas a las multitudes. Así pues, el apóstol registra de forma única las discusiones de Jesús con el sumo sacerdote y con el gobernador romano, Pilato.

Juan también nos muestra un aspecto interesante y que fácilmente pasa desapercibido del juicio de Jesús. Los Evangelios sinópticos nos dicen que Jesús fue acusado de muchas cosas (Mateo 27:13, 14; Marcos 15:3, 4; Lucas 23:14). Pero Juan nos dice (18:29, 30) que, cuando Pilato preguntó qué cargos se le imputaban a Jesús, los sumos sacerdotes respondieron que era un malhechor (RVR1960) o un criminal (NTV). En los cargos legales, la palabra griega utilizada por Juan (kakopoios) frecuentemente solía tener el significado específico de “mago” o “hechicero”. Tanto los judíos como los romanos tenían leyes que imponían penas severas por practicar la magia o la brujería, y las autoridades religiosas aparentemente utilizaron esto como su acusación inicial respecto a los milagros de Jesús. Cuando Pilato pareció haber dejado de lado esta acusación inicial, entonces se le acusó a Jesús de algo que el gobernador romano no podía ignorar.

Rey de los Judíos

Esa sola acusación era traición — el que Jesús fuera un líder que se oponía a la autoridad del emperador. Juan da más detalles sobre esta acusación que cualquier otro evangelista. Él nos muestra que cuando Pilato le preguntó a Jesús sobre Su reinado, Jesús respondió: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36), a lo que Pilato replicó: “¡Así que eres rey!” (v. 37).

Quizás en un intento por apaciguar la ira de los judíos, Pilato permitió entonces que sus soldados azotaran a Jesús, le coronaran con espinas y le vistieran con un manto púrpura que simbolizaba la realeza (19:2, 3).

Pero aunque Pilato estaba evidentemente convencido de que Jesús no representaba una amenaza real para Roma (18:38), los líderes judíos insistieron “Si dejas en libertad a este hombre, no eres amigo del césar. Cualquiera que pretende ser rey se hace su enemigo (19:12). Esto, nos dice Juan, fue el punto decisivo que llevó a Pilato a permitir que Jesús fuera crucificado.

Todos los Evangelios mencionan el letrero que Pilato colocó en la cruz de Jesús, pero Juan nos da el texto completo del letrero (“JESÚS DE NAZARET, REY DE LOS JUDÍOS”). Solo él nos dice que el letrero estaba escrito en hebreo (arameo), latín y griego, y que los judíos instaron a Pilato a cambiar el texto, pero él se negó (vv. 20-22).

La cruz

La presencia de Juan en el juicio y la condena de Jesús hizo que fuera el único escritor de uno de los Evangelios en relatar que Jesús cargó Él mismo Su cruz al comienzo del camino hacia el Gólgota (19:17). No fue hasta más tarde cuando se obligó a Simón de Cirene a llevar la cruz en el tramo final del camino. Además, la presencia de Juan al pie de la cruz le permitió ser testigo de una serie de acontecimientos que tuvieron lugar allí.

Una de ellas, comenta Juan, es que, de todos los discípulos (además de él), solo había allí cuatro mujeres: “Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre, María, la esposa de Cleofas, y María Magdalena” (19:25). Juan también registra el increíble amor que Jesús mostró — a pesar de la agonía de Su crucifixión — al encargarle que llevara a Su madre a su casa para cuidar de ella (vv. 26, 27). Además de algunas de las últimas palabras de Jesús que no aparecen en los otros Evangelios, solo Juan conserva el gran grito final de victoria de Jesús: “Todo se ha cumplido” (v. 30).

Al parecer, Juan permaneció junto a la cruz durante algún tiempo tras la muerte de Jesús, ya que es el único que nos cuenta que después los soldados les rompieron las piernas a los otros dos hombres crucificados con Él, pero no las de Jesús. En lugar de eso, Juan nos cuenta que “uno de los soldados le abrió el costado con una lanza” (v. 34) para que se cumplieran las Escrituras: “No le quebrarán ningún hueso” y “Mirarán al que han traspasado” (vv. 36, 37).

Humano y Divino

Juan llena su Evangelio de detalles únicos como los que hemos visto en este artículo. En ningún otro lugar queda esto más claro que en su extensa narración del arresto, el juicio y la muerte de Jesús. Si no fuera por Juan, no tendríamos un relato real de un testigo ocular de gran parte de lo que ocurrió antes y durante la crucifixión. Y veríamos mucho menos tanto de la humanidad como de la divinidad del sacrificio supremo de Jesús.

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Él No Hubiera Bajado

Written By

R. Herbert holds a Ph.D. in ancient Near Eastern languages, biblical studies, and archaeology. He served as an ordained minister and church pastor for a number of years. He writes for several Christian venues and for his websites at http://www.LivingWithFaith.org and http://www.TacticalChristianity.org, where you can also find his free e-books. R. Herbert is a pen name.

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