por Kurt Lang
No hace falta buscar mucho en las Escrituras para descubrir la que quizá sea la mayor verdad sobre la humanidad: Una guerra se libra en el interior de nuestras almas. El espíritu interior lucha contra la carne exterior, y no hay tregua a la vista. “¡Miserable de mí!”, escribe Pablo. “¿Quién me libertará de este cuerpo de muerte?” (Romanos 7:24). La victoria es posible, pero no de la forma que jamás podríamos imaginar.
Entra en escena Jesús. Él está a punto de ir a la cruz por un delito que no cometió. La decisión que tiene ante Él sellará la victoria sobre nuestra feroz guerra interna. Todo se reduce a esto: El espíritu está dispuesto, pero la carne es débil (Marcos 14:38).
Aunque Jesús era plenamente Dios, también era plenamente humano, y experimentaba todas las emociones y aspectos físicos a los que sucumbe todo ser humano. Jesús fue tentado igual que todos nosotros, pero nunca pecó (Hebreos 4:15). El pecado, tal y como se describe aquí, consiste en ceder a la tentación que nos impone nuestro cuerpo físico de servir y dar prioridad al yo antes que a Dios.
El pecado también tiene que ver con protegernos del dolor físico, el rechazo, el miedo y el fracaso. Huimos del dolor y buscamos el placer. Este es el deseo de la carne: la autoconservación.
Nuestro ejemplo
El camino de Cristo hacia la cruz resume esta dura realidad, incluso para Aquel que es perfecto. ¿Debía Cristo darnos un ejemplo de cómo dejarnos guiar por el Espíritu, en total obediencia al
Padre? Sin duda. Sin embargo, para hacerlo, también tuvo que mostrarnos una imagen de la batalla a la que nos enfrentamos en nuestra mayor tentación: los impulsos de la carne.
“Padre Mío, si es posible, que pase de Mí esta copa; pero no sea como Yo quiero, sino como Tú quieras” (Mateo 26:39). Sin duda, pensaba en la supervivencia y en proteger la carne del dolor y la muerte. Incluso era consciente de la posibilidad de invocar a legiones de ángeles que habrían acudido encantados a rescatarlo (v. 53).
Y, mientras tanto, esta batalla se libraba en el interior de nuestro Mesías. Él tuvo que soportar un dolor y una decepción absolutos al ver cómo Su discípulo y amigo íntimo, Pedro, fracasó por completo en la misma lucha. Tres veces. En presencia de Jesús (Marcos 14:66-72).
Tanto Pedro como Jesús se enfrentaron al dolor físico, al miedo y al rechazo. Pedro tenía un espíritu dispuesto, llegando incluso a proclamar que moriría por Jesús (v. 31). Pero la debilidad de su carne temporal fue más fuerte que su deseo de superarla. Jesús, por otro lado, se dio cuenta de esta necesidad, “Velen y oren para que no entren en tentación; el espíritu está dispuesto, pero la carne es débil” (v. 38).
Vida en el Espíritu
Jesús ganó la batalla del espíritu contra la carne, encontrando vida frente a la muerte. ¿No es irónico que el deseo de vivir en la carne sea lo opuesto a la muerte que en realidad trae? La vida está en el Espíritu — literalmente. Jesús prometió enviarnos al Espíritu
Santo, el mismo Espíritu que resucitó a Cristo de entre los muertos, y que puede hacer fácilmente lo mismo en ti y en mí (Romanos 8:9-11). Así que, para no pensar que fue injusto que Jesús no fuera simplemente humano, sino Dios hecho carne, recordemos que el poder de Dios también habita en nosotros mediante la presencia del Espíritu Santo.
La cruz nos cuenta la historia. Cristo murió en la carne, pero resucitó a la vida eterna en el Espíritu. Gracias a la cruz, esta es también nuestra realidad. ¿Es el Espíritu más fuerte que la debilidad de nuestra carne? Puede serlo, pero debemos elegirlo a Él.
Pablo habló de disciplinar su cuerpo y mantenerlo bajo control porque, de no hacerlo, quedaría descalificado para recibir la gracia que tan elocuentemente predicaba a los demás (1 Corintios 9:24-27). Su carne era débil, pero la voluntad de su espíritu era más fuerte.
El misionero Jim Elliott popularizó esta cita: “No es necio quien da lo que no puede conservar para ganar lo que no puede perder”. No podemos conservar nuestra carne, pero en Cristo no podemos perder nuestro espíritu. El necio es aquel que busca preservar la carne a costa de renunciar al espíritu.
Venciendo la carne
¿En qué punto de la escala de la necedad te situarías? ¿Es débil tu capacidad para vencer a la carne? ¿Qué vicios y malos hábitos caracterizan actualmente tu vida? ¿Por qué parece que sigues sin conseguir apartarlos de tu vida? ¿Serías como Pedro, que seguía volviendo a la negación para preservar la carne, solo para descubrir que no estaba preservando nada en absoluto? ¿O serías como Jesús, tal y como lo describe el autor de Hebreos:
“Por tanto, puesto que tenemos en derredor nuestro tan gran nube de testigos, despojémonos también de todo peso y del pecado que tan fácilmente nos envuelve, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, quien por el gozo puesto delante de Él soportó la cruz, despreciando la vergüenza, y se ha sentado a la diestra del trono de Dios. Consideren, pues, a Aquel que soportó tal hostilidad de los pecadores contra Él mismo, para que no se cansen ni se desanimen en su corazón” (12:1-3).
¡Hay alegría en vencer a la carne por el poder del Espíritu! Pero esta alegría solo puede producirse cuando te arrodillas ante la cruz.
Gracias, Jesús, por soportar la cruz y toda su vergüenza. Tu recompensa es el reino. No hace falta que me recuerdes que en este mundo y en la carne tendré tribulaciones. Pero, por favor, dame la fuerza de la cruz y dame poder cada día para caminar en ella — el poder que es mío porque Tú has vencido al mundo (Juan 16:33). Jesús nos dio el ejemplo. Ahora podemos ir y hacer lo mismo.





