Mayor Que Moisés

La supremacía de Jesús en el cuarto Evangelio.

por R. Herbert

Aunque los cuatro Evangelios tejen ricos tapices verbales que describen la vida y el ministerio de Jesús, cada uno con sus propios detalles, el de Juan contiene la mayor cantidad de material que no se encuentra en los otros Evangelios y nos ofrece muchas perspectivas únicas.

Un ejemplo particularmente interesante se halla en la representación que hace Juan de Jesús como el profeta que se levantaría como Moisés, de quien Dios dijo: “Por eso levantaré entre sus hermanos un profeta como tú; pondré mis palabras en su boca y él les dirá todo lo que yo le mande” (Deuteronomio 18:18).

Juan se refiere específicamente a Jesús como profeta con mayor frecuencia que cualquier otro escritor de los Evangelios. Y, al igual que Juan incluye varios grupos de siete en su relato (los siete signos de la mesianidad de Jesús, Sus siete declaraciones del “Yo soy”, etc.), menciona directamente a Moisés quien desempeña un papel importante en el cuarto Evangelio en siete pasajes (1:17, 45; 3:14; 5:45, 46; 6:32; 7:19-23; 9:28-33). Estas siete referencias a “Moisés” relacionan, comparan y contrastan a Jesús y a Moisés de alguna manera. Si bien todas ellas enaltecen a Moisés, también demuestran que Jesús era superior al profeta más grande de Israel.

Conexiones sutiles

En el Evangelio de Juan existen muchas otras conexiones menos directas entre Jesús y Moisés que tal vez nosotros pasemos por alto, pero que los lectores judíos del primer siglo habrían notado.

Por ejemplo, el prólogo (los dos primeros capítulos) de Juan está cuidadosamente estructurado para mostrar acontecimientos que se desarrollan a lo largo de siete días — tal como ocurre en Génesis 1. Es posible que no lo notemos porque el Génesis especifica los siete días de manera numérica (“el primer día”, etc.), mientras que Juan, quien inicia su relato con una clara referencia a “En el principio” se muestra más sutil (“al día siguiente”, etc.). Pero todavía, su patrón de siete días resulta igual de evidente.

Además de estos siete días de acontecimientos fundacionales en la sección inicial de cada relato, existen también paralelismos específicos. Por ejemplo, en Génesis 1, observamos que aparece la luz en el primer día de la creación (vv. 3-5); por su parte, en Juan 1, se afirma que Jesús es la luz del mundo (vv. 4-9). En el segundo día de la creación en Génesis, encontramos la relación de Dios con los cielos (1:6-8); mientras que en el primer capítulo de Juan, es Jesús quien recibe la confirmación de los cielos (vv. 32-34), y así sucesivamente.

Milagros

Después de esta introducción, Juan estructura la mayor parte de su Evangelio en torno a la figura de Moisés, el Éxodo y la Pascua. Incluso en el prólogo, Juan el Bautista identifica a Jesús como el Cordero de Dios, enfatizando el papel central de Jesús en un éxodo nuevo y superior.

Lo más importante es que los siete milagros que Juan elige como señales de la mesianidad de Jesús reflejan, en realidad, las plagas del Éxodo. Sin embargo, se presenta a Jesús con un ministerio superior al de Moisés. Mientras que las siete plagas del Éxodo representaron manifestaciones milagrosas, aunque negativas, del poder de Dios, los milagros de Jesús en el Evangelio de Juan no son destructivos, sino positivos.

Cuando comparamos las plagas del Éxodo con los siete milagros que Juan decide describir, los paralelos son ineludibles. Por ejemplo, en Éxodo, el agua del Nilo se transforma en sangre. En Juan, el agua se convierte en vino (2:1-11). La muerte del primogénito del faraón en Éxodo guarda un paralelismo con la curación del hijo del noble judío (4:46-54). La plaga de oscuridad cegadora que asoló a los egipcios en Éxodo se asemeja a la curación del ciego en Juan (9:1-7), y así sucesivamente. Esta perspectiva nos ayuda a comprender por qué, de entre los muchos milagros de Jesús, Juan selecciona precisamente estos como prueba del papel de Jesús como el profeta semejante a Moisés.

Ecos y afirmaciones

Existen muchos otros ecos del Éxodo en Juan, así como paralelismos con el ministerio de Moisés. Cuando Juan nos dice que “A Dios nadie lo ha visto nunca; el Hijo único, que es Dios. . . nos lo ha dado a conocer” (1:18), la alusión al hecho de que Moisés no pudo contemplar a Dios directamente (Éxodo 33:20) habría resultado evidente para sus lectores originales.

La mayoría de los lectores del Evangelio de Juan en el primer siglo habían tenido el conocimiento que Moisés lamentó profundamente el hecho de que Israel necesitaría un pastor: “Dígnate, Señor, Dios de todos los seres vivientes, a nombrar un jefe sobre esta comunidad, uno que vaya delante de ellos, y que los guíe en sus entradas y salidas. Así el pueblo del Señor no se quedará como rebaño sin pastor” (Números 27:16, 17). Juan muestra que Jesús fue la respuesta a esa oración — el Buen Pastor (Juan 10:11) cuyas ovejas “entrarán y saldrán” delante de Él (v. 9).

Del mismo modo, consideremos el relato de Juan sobre el paralítico que había esperado junto al estanque de Betesda durante treinta y ocho años (5:5), aparentemente a causa de algún pecado persistente (v. 14). ¿Por qué incluye Juan estos detalles? Aunque las Escrituras a menudo redondean el tiempo que Israel pasó en el desierto a cuarenta años, el tiempo real transcurrido fue de treinta y ocho años (Deuteronomio 2:14). La historia de Betesda narrada por Juan nos recuerda que, si bien el liderazgo de Moisés no pudo salvar a los israelitas de las consecuencias de su pecado persistente, Jesús sí pudo hacerlo.

El fracaso de Moisés de proporcionar salvación a Israel es, de hecho, un tema recurrente en Juan. El propio Moisés dijo a los israelitas: “Ustedes han cometido un gran pecado. Pero voy a subir ahora para reunirme con el Señor y tal vez logre yo que Dios perdone su pecado” (Éxodo 32:30, y otros). Sin embargo, en cada ocasión, Moisés solo podía retrasar el castigo por el pecado del pueblo. Toda la generación del Éxodo que estuvo bajo su cuidado pecó y fue enviada de regreso al desierto, donde pereció. Juan contrasta esta situación al registrar las palabras de Jesús: “Todos los que el Padre me da vendrán a mí; y el que a mí viene no lo rechazo” (Juan 6:37).

Equivalentes exactos

Las conexiones entre la historia de Moisés y la de Jesús en el Evangelio de Juan no son meras coincidencias; a menudo, constituyen correspondencias verbales directas.

Juan es el único Evangelio que nos relata que los judíos murmuraron, o se quejaron, contra Jesús (v. 41) tal como los israelitas habían murmurado contra Moisés. Y solo Juan registra las palabras de Jesús de que el Hijo hace (griego: poieo) lo que ve hacer al Padre y que el Padre le muestra (deiknumi) todo (panta) lo que Él hace (5:19, 20). Esta es una referencia directa a Éxodo 25:9 en la versión de la Septuaginta del Antiguo Testamento utilizada por muchos judíos del primer siglo y por Juan. El pasaje afirma que Moisés hace (poieo) el tabernáculo conforme a todo (panta) lo que Dios le mostró (deiknuo).

Tales alusiones a Moisés son constantes en el relato de Juan; tanto es así que, cuando su Evangelio incluye una historia que también se encuentra en los otros Evangelios, suele ser porque Juan la utiliza en referencia a Moisés. Mateo, Marcos y Lucas relatan, el milagro de la alimentación de los cinco mil. Sin embargo, al leer atentamente el relato de Juan, descubrimos que él presenta este milagro en el contexto específico del desierto y de la Pascua (6:10-13). Y, por supuesto, Juan muestra que Jesús subraya la similitud cuando Él alimentó a los cinco mil y el maná provisto por Dios, asociado al cuidado que Moisés brindó a los israelitas (vv. 31-35).

Incluso el milagro de Jesús de caminar sobre las aguas (vv. 16-21) pudo haber sido seleccionado por Juan como una alusión a Moisés y a la apertura del Mar Rojo. Si bien es cierto que Moisés y, posteriormente, otros hombres de Dios pudieron haber dividido cuerpos de agua con la ayuda milagrosa de Dios, Juan nos recuerda que solo Jesús caminó sobre las aguas.

Encontrando a Cristo

Por lo tanto, no cabe duda de que Juan estructura su Evangelio en torno a las narrativas del Éxodo protagonizadas por Moisés, pero también demuestra que Jesús es muy superior a Moisés. Los ejemplos son numerosos, pero si queremos aprender de ellos, debemos percibir estas correspondencias a medida que leemos a Juan y ser conscientes de la motivación que lo impulsó a establecerlas. Al hacerlo, obtenemos una imagen más clara no solo de Moisés, sino también de Aquel a quien Moisés prefiguraba.

Debemos comprender que, mucho antes de que la Iglesia cristiana se viera perturbada por doctrinas paganas provenientes del exterior y por herejías surgidas en su interior, el mayor problema teológico del primer siglo radicaba en que muchos judíos no podían o no querían reconocer la supremacía de Jesucristo en comparación con Moisés. Este hecho constituyó el fundamento de gran parte del rechazo del judaísmo hacia el cristianismo.

Fue precisamente esta situación la que Juan abordó al escribir su Evangelio. Mediante el uso cuidadoso tanto de afirmaciones directas como de alusiones indirectas, Juan demuestra con gran fuerza que Jesús era, en efecto, el profeta prometido por Moisés. Asimismo, Juan pone de manifiesto que Él era superior a Moisés, pues no vino para liberar a Su pueblo de la esclavitud egipcia (o romana), sino de una esclavitud mucho mayor: la esclavitud al pecado y a la muerte. Juan nos muestra que Jesús era infinitamente mayor que Moisés y que el ministerio de salvación que Él trajo también fue infinitamente mayor.

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Pan de Vida

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R. Herbert holds a Ph.D. in ancient Near Eastern languages, biblical studies, and archaeology. He served as an ordained minister and church pastor for a number of years. He writes for several Christian venues and for his websites at http://www.LivingWithFaith.org and http://www.TacticalChristianity.org, where you can also find his free e-books. R. Herbert is a pen name.

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