La liberación de Cristo de la muerte y la corrupción — antes y ahora.
por Sarah Schwerin
M e arañé y me mordí mientras las lágrimas me corrían por la cara. Luego crucé al otro lado de la habitación, me miré en el espejo y me gritaba insultos. “¡Inútil! ¡Fea! ¡Indeseable!”
Esta escena se repetiría a lo largo de mi infancia, mi adolescencia y mis años de juventud. Durante demasiado tiempo, creí las mentiras del Enemigo — mentiras como que nadie quería escuchar lo que yo tenía que decir. Que nadie quería estar conmigo. Que nadie podría amarme jamás. Sentía que debía castigarme a mí misma por el trauma que había sufrido.
Temiendo el dolor y el rechazo, mantenía a los demás a distancia. Al fin y al cabo, ¿quién me aceptaría una vez que conociera mi pasado? Mi depresión y mi ansiedad me envolvieron en el autodesprecio, una herida más profunda que los rasguños que yo misma me infligía.
En una mala situación
En Marcos 5:1-20, Jesús se encontró con un hombre poseído por demonios que también era impulsado a lastimarse a sí mismo. Al igual que yo, vivía en aislamiento. Otros habían intentado ayudarlo, pero nada parecía mejorar su condición. Los demonios que habitaban en su interior parecían más fuertes que cualquier otra cosa. Más fuertes que las cadenas que se usaban para atarlo. Más fuertes que el amor de sus amigos y familiares. Incluso más fuertes que su propia fuerza de voluntad. Nada podía ayudarlo.
Este hombre no se enfrentaba al miedo al rechazo, sino al rechazo en sí mismo. Apartado de sus amigos y familiares, ya no se le conocía por su nombre, sino por su condición: endemoniado. Vivía en los sepulcros, un lugar de muerte y descomposición. Un lugar que habría contaminado ritualmente a los judíos.
El encuentro con Jesús
Pero entonces llegó Jesús y lo cambió todo. Él cruzó el mar para ir al encuentro del hombre justo donde este se encontraba. Jesús no esperó a que él tomara el control de sus problemas. No esperó a que el hombre se le acercara. En cambio, fue a las tumbas y se encontró con él en aquel lugar solitario que había convertido en su hogar.
Jesús sabía que aquel hombre necesitaba una libertad que solo Él podía otorgar. Así que, con Sus palabras, Jesús ordenó a los espíritus impuros que abandonaran al hombre, liberándolo del terror que lo había acechado, así como de su aislamiento y de auto lastimarse.
A diferencia de los líderes religiosos de ese tiempo, Jesús buscaba a aquellos que se hallaban en los márgenes de la sociedad — a los que vivían al otro lado de las vías. Cada paso que daba era intencional. Al extender la mano a quienes eran considerados indignos (Mateo 9:10-13), no temió que el pecado y la impureza de ellos pudieran contaminarlo. Él permitió que una mujer que padecía hemorragias y varios leprosos lo tocaran (Marcos 5:24-34; Mateo 8:1-4). Nos mostró que lo más importante no es nuestra apariencia externa, sino el estado de nuestro corazón — la autenticidad de nuestra fe.
Jesús provee sanidad
Jesús no empleaba los métodos elaborados e ineficaces de los exorcistas judíos de ese tiempo. Él expulsaba a los demonios con Sus palabras y a veces imponiendo las manos sobre las personas. Del mismo modo, los milagros de sanación de Jesús combinaban con frecuencia la palabra y el contacto físico.
Yo viví esto en mi propia vida. Cuando estaba en la universidad, las palabras de Dios me alcanzaron en mi lugar de muerte y descomposición. Al igual que los amigos del endemoniado y el endemoniado mismo, yo lo había intentado todo. El problema que llevaba dentro parecía más grande que cualquier otra cosa.
Entonces sentí un impulso en mi espíritu de acudir a un consejero cristiano en mi campus universitario. A medida que abordábamos mi traumático pasado, mi depresión y ansiedad parecieron disminuir. Pero eso fue solo el comienzo.
Comencé a leer la Palabra de Dios de nuevo. En las páginas de las Escrituras, los lamentos de David hablaron a mi corazón. Los cuestionamientos de Job sonaban como mis propias preguntas. El mensaje de amor de Jesús habló a mi corazón solitario y quebrantado. Dios habló en medio de mi depresión y ansiedad. Él salió a mi encuentro en mi lugar de muerte y descomposición, y me llevó a un nuevo hogar lleno de plenitud y sanidad.
Todavía lucho contra la depresión y la ansiedad. Pero cuando oro y leo la Palabra de Dios, recuerdo cómo Dios obró en mi pasado y cómo continúa obrando en mi vida. Las palabras de Dios siguen siendo sanadoras y me recuerdan que Su poder es más grande que cualquier problema que pueda enfrentar en este mundo.
Un nuevo reino
El exorcismo que Jesús realizó en Marcos 5, así como los otros mencionados en los Evangelios, contribuyeron a anunciar la llegada del reino de Dios en nuestra época. Estos nos mostraron que Su reino no se parece a los reinos terrenales ni de la época de Jesús ni de la nuestra.
Los métodos que el endemoniado y su comunidad emplearon para resolver sus problemas no dieron resultado. Recurrieron a su propia fuerza y poder. Sin embargo, ningún libro de auto-ayuda ni invención humana puede solucionar los problemas de este mundo. Solo con el poder de Dios es posible expulsar a los espíritus malignos. Solo con el poder de Dios podemos encontrar todos nosotros la libertad y la sanación que tan desesperadamente necesitamos.
Gracias a ese poder, el hombre poseído por el demonio quedó libre para abandonar su morada entre las tumbas. Regresó a su comunidad para establecer un nuevo hogar, donde hablaría a los demás de la misericordia y la libertad que sólo Jesús puede dar.
El reino de Dios no se fundamenta en mantener las apariencias externas, poniéndonos a nosotros mismos en primer lugar o solucionando nuestros propios problemas. Implica experimentar el poder sanador de Dios y, después, salir al encuentro de los demás — especialmente de aquellos que se encuentran marginados por la sociedad — para hablarles de Aquel que sale a encontrarnos en nuestros lugares de muerte y descomposición. Él es quien nos brinda un nuevo hogar, colmado de sanidad e integridad.






