por Whaid Rose
Me encanta el buen pan. Por eso, cuando el CT Daily Briefing llegó a mi bandeja de entrada con un artículo titulado “El Ministerio del Pan”, por Rachel Pfeiffer, sentí una curiosidad natural.
Resultó ser una lectura muy significativa. Trata sobre cómo el pan está arraigado en la vida y la cultura ucranianas, y sobre cómo, “a medida que la guerra continúa, pastores e iglesias de toda Ucrania trabajan para llevar a la gente tanto el pan que necesitan para alimentar sus cuerpos como el pan que necesitan para sus almas”.
Esto trae a la memoria el rico simbolismo del pan en las Escrituras: la provisión milagrosa de maná por parte de Dios en el desierto; el nacimiento de Jesús en Belén (la “casa del pan”); la tentación de Satanás a Jesús para que convirtiera las piedras en pan; la declaración de Jesús: “Yo soy el pan de vida”; y el partimiento del pan como una práctica fundamental de la iglesia primitiva. La Biblia tiene mucho que decir sobre el pan.
Tiene sentido, entonces, que de entre los milagros de Jesús, la alimentación de las multitudes fue registrado con detalle en los cuatro Evangelios. Ningún otro fue tan público, realizado ante tantos testigos. De este acontecimiento podemos extraer varias lecciones.
Reflexiones sobre el ministerio
Soledad y descanso. En el relato de Marcos (6:30-44), los discípulos acababan de relatar su ajetreado día cuando Jesús respondió: “Él les dijo: Venid vosotros aparte a un lugar desierto, y descansad un poco (v. 31).
Esto destaca el primero de varios principios extraídos de la historia: La soledad y el descanso son esenciales para un ministerio eficaz. Marcos señala que mucha gente iba y venía, tanto que los discípulos “ni aun tenían tiempo para comer” (v. 31). El ministerio conlleva exigencias y responsabilidades abrumadoras, lo que requiere retiros periódicos para el descanso y la renovación.
Compasión. Pero las cosas no salieron como se habían planeado. Al ver que Jesús y los discípulos se retiraban en barco, las multitudes averiguaron cuál era su destino y llegaron antes que ellos (v. 33).
La mayoría habría encontrado esto frustrante, y Jesús habría estado perfectamente justificado para despedir a las multitudes. Pero, en cambio: “Y salió Jesús y vio una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor” (v. 34). Esto subraya otra lección: El ministerio debe estar impulsado por una compasión genuina ante las profundas necesidades de las personas.
Satisfaciendo las necesidades. Este punto se desarrolla con mayor detalle en los tres versos siguientes. Para resumir, al final de un largo día, la gente estaba cansada y hambrienta, y no había nada para que comieran, pues se trataba de “un lugar desierto” (vv. 35-37). El impulso natural de los discípulos fue despedir a la multitud. Pero Jesús sugirió: “Denles ustedes de comer”, desarrollando así otra lección importante: El ministerio consiste en satisfacer las necesidades de las personas, y nosotros debemos participar activamente en ello.
La declaración de Jesús inicialmente sorprendió a los discípulos, pero los recursos necesarios fueron provistos de manera maravillosa. A partir de una pequeña provisión de un almuerzo que contenía dos peces y cinco panes, miles comieron y quedaron satisfechos; ¡incluso sobraron cestas llenas de comida! De aquí surgen dos lecciones: Jesús siempre provee los recursos necesarios para cualquier tarea que nos asigna, y Dios utiliza a personas comunes para satisfacer necesidades de una magnitud divina, de formas que jamás imaginarías. Dios puede hacer grandes cosas con cualquier cosa que pongamos en Sus manos.
Un mundo quebrantado, una provisión divina
Es lamentable que los discípulos se miraran a sí mismos en lugar de confiar en Jesús cuando se enfrentaron a una gran necesidad. Lo peor es que, a comparación, nosotros hacemos exactamente lo mismo. Abrumados por la inmensidad y la complejidad de las necesidades humanas que nos rodean, concluimos que es imposible que nuestros pequeños panes no puedan hacer una diferencia que dure.
Sin embargo, en la descripción de la multitud y de su entorno —personas vulnerables y hambrientas en un lugar desolado— vislumbramos un reflejo de nuestro propio mundo. Y en el milagro que se desarrolla ante nuestros ojos, recibimos indicios sobre cómo podemos convertirnos en pan para las multitudes.
En última instancia, el desenlace de esta historia es el fruto de la compasión de Jesús por las personas. Pero en el Evangelio de Juan, Jesús no es simplemente un multiplicador de pan; Él mismo es el Pan de Vida (6:35). El pan terrenal que Él ofrece es un símbolo del Pan vivo que Él mismo encarna (vv. 48-59). Del mismo modo que Él es la luz y nos llama a ser luz en un mundo sumido en la oscuridad, así también Él es el pan y nos llama a convertirnos en pan para un mundo hambriento.
Cuatro conclusiones
Esto sucede al convertirnos en lo que el ya fallecido Henri Nouwen denomina “El Amado”. Él afirma que todo ser humano es, fundamentalmente, el amado de Dios. Dar cuerpo a la verdad de que somos amados es la búsqueda suprema, un viaje trazado ante nosotros por las cuatro acciones que Jesús realizó al multiplicar los panes y los peces.
En primer lugar, tal como Jesús tomó estos elementos, así debemos vernos a nosotros mismos como habiendo sido tomados, o elegidos, por Jesús. Al hacerlo, hallamos identidad y propósito.
En segundo lugar, tal como Jesús bendijo los peces y los panes, así también nosotros debemos creer que somos los bendecidos. Bendecir a alguien es pronunciar palabras de afirmación sobre su vida, que es precisamente lo que el Padre hizo por el Hijo cuando declaró, “Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia” (Mateo 3:17).
En tercer lugar, tal como Jesús partió los panes y los peces, así debemos afrontar la realidad de nuestra propia fragilidad y quebranto, siempre conscientes de que el evangelio ofrece buenas nuevas a las personas quebrantadas. Como esta historia nos muestra, en las manos de Jesús, todo aquello que está roto se transforma en algo hermoso.
En cuarto lugar, tal como Jesús entregó los panes y los peces a los discípulos para que los distribuyeran, así debemos entregarnos a nosotros mismos al servicio de los demás; es ahí donde encontraremos la mayor plenitud en la vida. Como sabiamente expresó Frederick Buechner: “El lugar al que Dios te llama es aquel donde tu profunda alegría se encuentra con la profunda sed del mundo”.
Así es como aceptamos la realidad de que somos amados. Al igual que los panes y los peces, debemos ser tomados, bendecidos, partidos y entregados. Como bien observó Gandhi: “Hay personas en el mundo con tanta hambre que Dios no puede manifestarse en ellos sino bajo la forma de pan”. Volvamos, pues, nuestra mirada una vez más hacia la historia de los panes y los peces. Y, movidos por la compasión de Jesús, asumamos este ministerio del pan, ofreciendo a las personas tanto el pan que necesitan para alimentar sus cuerpos como el pan que necesitan para sus almas.







