El Silencio de las Parábolas

Si las historias eran la herramienta favorita de enseñanza de Jesús, ¿por qué los apóstoles dejaron de usarlas?

por David Cerqueira

E l Nuevo Testamento hace algo inesperado después de los Evangelios: Se separa del estilo de enseñanza de Jesús. Lean el Nuevo Testamento de principio a fin y lo notarás. Jesús cuenta historias, pero Sus apóstoles no lo hacen.

En los Evangelios, el aire está denso con el aroma de la semilla de mostaza, el polvo de la viña y el balido de las ovejas perdidas. Jesús, el maestro por excelencia, rara vez habla sin contar una historia. Él viste los misterios del reino con las formas familiares de monedas, velas y trigo. A través de este método, lo ordinario se convierte en puerta de entrada a lo eterno.

Entonces, ¿por qué desaparecen las parábolas después de Jesús?

A medida que pasamos del libro de Hechos a las epístolas de Pablo, Pedro y Juan, las ovejas y las semillas se van desvaneciendo. El lenguaje se vuelve directo, doctrinal y crudamente llano. ¿Carecían los apóstoles de la imaginación de su Maestro, o habría alguna otra razón teológica más profunda para ese silencio de las parábolas?

Comprender por qué Jesús usó este lenguaje de “historias”, y por qué los apóstoles eventualmente lo dejaron de lado, revela una hermosa progresión en la Palabra de Dios. Leer el Nuevo Testamento nos saca de las sombras del misterio a la luz brillante del evangelio revelado.

La mecánica

A menudo pensamos en las parábolas como simples ayudas didácticas, dispositivos diseñados para hacer que las verdades complejas sean más accesibles. Las tratamos como ilustraciones de sermones, pequeños bocadillos para ayudarnos a digerir la carne espiritual. Pero cuando los discípulos le preguntaron a Jesús sobre Sus parábolas, Jesús las describió como algo mucho más provocador.

La pregunta de los discípulos llegó al final de un largo día de ministerio. Fue directa y al grano: “¿Por qué les hablas por parábolas?” (Mateo 13:10).

La respuesta de Jesús fue impactante: “Porque a vosotros os es dado saber los misterios del reino de los cielos; mas a ellos no les es dado” (v. 11).

Al decir esto, Jesús estaba invocando el sobrio ministerio del profeta Isaías. Él citó la antigua advertencia sobre algunos: “oíd bien y no entendáis” y “ved por cierto, mas no comprendáis” (Isaías 6:9, 10). La respuesta de Jesús no tendió un puente, sino que trazó una línea en la arena.

A los de corazón abierto, la parábola se les revelaba. A los de corazón endurecido, se les ocultaba. La parábola funcionó como un filtro espiritual. Para los humildes, cada historia era una puerta de entrada a lo Divino. Pero para otros, lo que podría haber sido una entrada se convirtió en un muro.

Esto revela un principio recurrente en el ministerio de Jesús: La receptividad genera claridad, mientras que la resistencia genera oscuridad. Jesús citó explícitamente esta ley espiritual para explicar Su uso de las parábolas: “Porque a cualquiera que tiene, se le dará, y tendrá más; pero al que no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mateo 13:12).

Las parábolas funcionaron en estricto cumplimiento en este principio. Eran el “más”, otorgado a quienes ya buscaban, pero era un “quitar” del entendimiento para quienes se resistían con orgullo.

El cambio Joánico

Cuando pasamos de los Evangelios Sinópticos al Evangelio de Juan, el panorama literario cambia. Las parábolas cortas y contundentes de las laderas en Galilea — el hijo pródigo, las diez vírgenes, los talentos— están notablemente ausentes. En su lugar, encontramos discursos más largos e íntimos y las siete declaraciones de “Yo Soy”.

Esto es a lo que los eruditos a veces se refieren como paroimia en lugar de parabolē. La palabra parabolē es el término estándar en los Sinópticos. Por definición, parabolē son “historias terrenales con significados celestiales”, lo que normalmente llamamos parábolas. Sin embargo, la palabra paroimia se encuentra con mayor frecuencia en el Evangelio de Juan. Estos son más bien metáforas profundas.

Una metáfora es una figura retórica que compara dos cosas opuestas para resaltar una cualidad o un significado compartido. El “agua viva” en Juan 4:10 y el “grano de trigo” en Juan 12:24 son buenos ejemplos de esto.

Casi al final del ministerio de Jesús, el propio Jesús tuvo algo que decir sobre Sus métodos de enseñanza. En el Discurso del Aposento Alto, dijo: “Estas cosas os he hablado en alegorías (paroimia); la hora viene cuando ya no os hablaré por alegorías, sino que claramente os anunciaré acerca del Padre” (Juan 16:25).

Este es un punto de inflexión donde Jesús identifica que la paroimia, la metáfora críptica, era solo para una temporada específica. Pero con la venida del Espíritu, el “velo” de la parábola y la metáfora se rasgarían junto con el velo del templo.

Caminando en el lenguaje sencillo

Cuando finalmente llegamos a las Epístolas, el lenguaje es predominantemente directo. Si bien los apóstoles todavía utilizan metáforas, ya no las emplean para “ocultar” la verdad, sino para ilustrar el misterio ahora revelado.

El cambio de las historias de los Sinópticos a las metáforas de Juan, y finalmente al lenguaje sencillo de las Epístolas, no fue una mera coincidencia de estilo, sino una revelación sistemática, una necesidad divina de la historia.

Al principio del Nuevo Testamento, el evangelio — específicamente la Cruz y la Resurrección — aún no habían sucedido. Las historias que Jesús contaba actuaban como una explicación de una realidad que aún estaba en el futuro. Para la época de los apóstoles, la historia había proporcionado la clave para las enseñanzas y el propósito de Jesús. El resto del Nuevo Testamento ya no trata de comparar la vida espiritual con las cosas terrenales, sino de cómo vivir espiritualmente en la tierra.

Sin embargo, este lenguaje sencillo del Nuevo Testamento nunca tuvo la intención de permanecer estático en una página. Sino que fue diseñado para ser el modelo de un nuevo tipo de narración— uno donde el pergamino es el alma humana y la tinta es el carácter de Cristo. A medida que los apóstoles enseñaban la vida de salvación, lo hacían con la expectativa de que esas verdades se “encarnaran” en las vidas de los creyentes. Nosotros somos las nuevas parábolas — narrativas de carne y hueso destinadas a atraer a otros corazones buscadores de vuelta al Maestro. Somos esencialmente el Nuevo Testamento en 3D.

Las parábolas no desaparecieron realmente; simplemente cambiaron de conducto. El polvo del viñedo y el aroma de la semilla de mostaza han sido reemplazados por la aspereza de nuestra resistencia diaria y la fragancia de nuestra silenciosa fidelidad. Si el mundo ha de ver el reino hoy, no será a través de un enigma contado en una ladera de Galilea, sino a través de la narrativa de una vida transformada por el evangelio. Nosotros somos la continuación del método del Maestro — historias vivas que hacen visible lo eterno una vez más. Las parábolas no han enmudecido; finalmente han encontrado su voz en nosotros.

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Written By

David Cerqueira has spent over 25 years in leadership within church ministry and the social sector, where he has worked closely with communities to support growth and resilience. David now writes on biblical theology and the intersection of faith and everyday life. He lives in Cranston, RI.?

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