por Bob Hostetler
A las 6:55 de una fría tarde de marzo, Valerie Webb, de doce años, quien perdió a su padre en los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 contra las torres del World Trade Center de Nueva York, accionó un interruptor que proyectó dos torres de luz hacia el cielo. Las brillantes luces, un homenaje a las casi 3,000 vidas perdidas en aquel lugar, parecían un monumento conmemorativo adecuado para los horribles actos que dejaron un enorme vacío en el horizonte de Nueva York . . . y en el corazón de Estados Unidos.
Cuando sucede algo de esa magnitud, es natural — y correcto — querer marcarlo, para recordarlo. En el lugar del atentado de Oklahoma City en 1995, se erigió un monumento conmovedor, con un espectacular arco que indica la hora exacta (9:01) en que estalló la bomba y la vida — para muchos, jóvenes y mayores — se detuvo. El monumento también incluye nueve filas de sillas de bronce y piedra que representan a las 168 personas asesinadas ese día.
Un tipo de memorial diferente ha sido un lugar sagrado para los judíos durante más de 2.000 años, desde que los romanos invadieron Jerusalén en el año 70 d. C. y destruyeron el templo que había sido el centro de la vida judía durante generaciones. Se llama el Muro de los Lamentos y es una sección de los cimientos que sostenían el templo. Y ahora, desde que Jerusalén quedó bajo control de Israel en 1967, los judíos se reúnen todos los días para orar en ese lugar único — una especie de memorial, un lugar para recordar.
Esos monumentos conmemorativos son apropiados. Pero los cristianos de todo el mundo — bajo los techos de paja en las islas Filipinas, a la sombra de los antiguos ídolos de la India, en las ciudades y pueblos de África y en las grandes catedrales de Europa— observan otro memorial bastante diferente.
¿Alguna vez se ha detenido a considerar que cuando Jesús estaba en la tierra en un cuerpo físico, caminando por las calles de Galilea y Judea –sanando, enseñando, riendo, llorando– podría haber llevado a Sus seguidores más cercanos a Belén y decirles: “Hagan de este establo donde nací un memorial para mí”? Él podría haber dicho: “Constrúyanme un santuario aquí, a orillas del Jordán, donde fui bautizado”. Podría haberles dicho que hicieran del Calvario o de la tumba vacía un monumento memorial.
Pero Él no eligió ninguna de esas cosas. En cambio, la noche de Su traición y arresto, Jesús celebró la Pascua con Sus amigos más cercanos.
Entonces les dijo: —He tenido muchísimos deseos de comer esta Pascua con ustedes antes de padecer, pues les digo que no volveré a comerla hasta que tenga su pleno cumplimiento en el reino de Dios.Luego tomó la copa, dio gracias y dijo: —Tomen esto y repártanlo entre ustedes. Les digo que no volveré a beber del fruto de la vid hasta que venga el reino de Dios. También tomó pan y, después de dar gracias, lo partió, se lo dio a ellos y dijo: —Esto es mi cuerpo, entregado por ustedes; hagan esto en memoria de mí.De la misma manera, tomó la copa después de cenar y dijo: —Esta copa es el nuevo pacto en mi sangre, que es derramada por ustedes” (Lucas 22:15-20).
La muerte sacrificial de Jesucristo, la cual soportó para satisfacer la santidad y la justicia de Dios y pagar el precio que merecían nuestros pecados, y así hacer posible que obtengamos el perdón, la limpieza, la paz con Dios y la vida eterna, ese acto heroico, desinteresado y amoroso no está inmortalizado en bronce o en piedra, ni en una pintura, ni en una estatua, sino en un acto. Es un acto al que Jesús invita a participar a cada uno de Sus seguidores. Es un acto que simboliza Su cuerpo quebrantado y Su sangre derramada por ti. Es un memorial apropiado. Jesús, quien vino a morir para que nosotros pudiéramos vivir, nos pidió que lo recordáramos de manera viva y activa, no erigiendo un monumento de piedra o un santuario . . . sino por lo que hacemos cuando nos reunimos para adorar. “Porque cada vez que comen este pan y beben de esta copa, proclaman la muerte del Señor hasta que él venga” (1 Corintios 11:26).





