Más Que Palabras

Invirtiendo en las personas como lo hizo Jesús.

por Jennifer Stucker

Jesús no solo predicaba ante las multitudes. Él se acercaba a los marginados. Tocaba a los
   intocables. Se sentaba con los olvidados. Se acercaba a los que sufrían. No esperaba a que alguien le pidiera ayuda. Veía la necesidad y respondía con compasión y con hechos.

Jesús invertía en las personas pasando tiempo con ellos. No solo cuando era conveniente. No solo cuando era fácil. Y no solo cuando era en público. Sino siempre con intención.

Como creyentes, estamos llamados a vivir como Jesús, pero es fácil que nos distraigamos y olvidemos nuestra misión. Efesios 5:1, 2 nos instruye a “ Sed, pues, imitadores de Dios como hijos amados. Y andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor fragante”.

Es un llamado para nosotros a dedicar tiempo para conocer verdaderamente a las personas más allá de sus roles o tareas: a escuchar sus historias, celebrar sus victorias y acompañarlas en sus luchas.

Fallando

Con demasiada frecuencia, la iglesia moderna se convierte en un lugar de distancia cortés y no en un lugar de conexiones compasivas. Organizamos eventos, donamos a buenas causas y hablamos sobre el amor y la comunidad. Pero cuando alguien cercano a nosotros atraviesa verdaderas dificultades, nos paralizamos. Dudamos. Esperamos que sea otro quien intervenga. En lugar de ofrecer nuestra presencia o empatía, recurrimos a menudo a frases trilladas, cuando lo que realmente se necesita es compañía, cuidado y apoyo genuino.

Santiago 2:15-17 nos recuerda:

 Y si un hermano o una hermana están desnudos, y tienen necesidad del mantenimiento de cada día, y alguno de vosotros les dice: Id en paz, calentaos y saciaos, pero no les dais las cosas que son necesarias para el cuerpo, ¿de qué aprovecha?Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma.

El desafío no consiste en decir las palabras correctas, sino en vivirlas.

Sin embargo, fallamos en esto. Llenamos nuestras agendas de tareas, reuniones, objetivos ministeriales, obligaciones familiares y fechas límite. Resulta fácil anteponer los proyectos a las personas, pero no podemos permitir que estas cosas eclipsen constantemente la importancia de invertir en los demás.

Jesús nos mostró con Su ejemplo una forma de vivir muy distinta a esta. Nos enseñó que las personas son una prioridad, incluso cuando esto resulte inoportuno o incómodo. Su inversión en los demás no se limitó a las palabras poderosas, sino que se manifestó a través de Su presencia, Su sacrificio y Sus acciones. Hizo mucho más que hablar sobre el amor, la gracia y la verdad; Él fue el ejemplo perfecto de ello.

Jesús no pasaba de largo ante las personas necesitadas. Se detenía. Se fijaba en ellas. Se quedaba a su lado. Jesús se detuvo ante la mujer que padecía hemorragias, se arrodilló junto a los niños y miró a Zaqueo directamente a los ojos. Acudía al encuentro de las personas allí donde se encontraban: en barcas, junto a los pozos, subidos en los árboles o en los márgenes de la sociedad. Tocó a los intocables. Perdonó lo imperdonable. Comió con ellos, caminó a su lado y los conoció en lo más profundo. Hacía espacio para las interrupciones, porque las personas eran Su misión.

Mateo escribe que, cuando dos ciegos clamaron a Jesús, Él se detuvo y los sanó (20:29-34).

No es que seamos insensibles. Es que invertir de verdad puede ser complicado. Exige tiempo y nos obliga a reordenar nuestras prioridades. Nos saca de nuestra zona de confort. Y, sin embargo, si la iglesia no puede ser un santuario para su propia gente que sufre, entonces no somos más que ruido (1 Corintios 13:1).

Amor verdadero

El amor verdadero es incómodo. Puede consistir en llevar una comida a alguien que no la pidió. Puede consistir en sentarse en silencio junto a un amigo que está de duelo, porque no hay nada que arreglar, solo hacerle compañía. Puede implicar cubrir una cuenta, cuidar de sus hijos, orar con ellos o simplemente hacerse presente cuando nadie más lo hace.

Se ha vuelto más fácil enviar mensajes de texto con palabras de aliento que detenerse a realizar una visita personal. La tecnología ha agilizado la comunicación, pero también ha hecho que resulte más sencillo fingir compasión. Podemos dar “me gusta” a una publicación y sentir que hemos brindado nuestro apoyo a alguien. Podemos enviar un emoji de manos en oración y creer que hemos cumplido con nuestra parte. Pero la presencia es importante. Una pantalla no puede abrazar a nadie. Un mensaje de texto no puede tomar una mano. Animar es muy valioso, pero la presencia y la conexión genuinas son transformadoras.

Primera de Juan 3:17-18 nos insta a amar más allá de las palabras, a demostrar ese amor mediante acciones y en verdad. Estar presente en la vida de alguien a lo largo del tiempo, sentarse junto a esa persona en medio de su dolor sin ofrecer soluciones fáciles, es lo que verdaderamente refleja el amor de Jesús.

Necesidades inmediatas

Oramos pidiendo oportunidades para servir. Le pedimos a Dios que nos utilice. Miramos hacia afuera, deseosos de marcar la diferencia en el mundo. Pero, a veces, Dios responde esas oraciones con oportunidades que están justo delante de nosotros, dándonos la oportunidad de mostrar compasión y amor a las personas de nuestro círculo más cercano.

A la hermana en Cristo que está pasando por una grave crisis de salud.

Al hermano que guarda su duelo en silencio.

Al anciano que ya no puede asistir a la iglesia por sus propios medios.

Al adolescente que se siente desconectado, sentado en las orillas.

A la familia de la iglesia que no se ha dejado ver últimamente.

Dios los ve. ¿Los vemos nosotros?

El campo misionero no siempre implica viajar a lugares lejanos. A menudo está tan cerca como la persona sentada a tu lado en la iglesia o el colega que trabaja junto a ti en la oficina. Con frecuencia pasamos por alto las necesidades que nos rodean porque buscamos oportunidades más grandes y espectaculares. Sin embargo, los actos silenciosos de bondad y la disposición a compartir el dolor de alguien son algunas de las formas más impactantes en las que podemos encarnar el amor de Jesús.

Deberíamos seguir el ejemplo de Pablo: “Antes fuimos tiernos entre vosotros, como la nodriza que cuida con ternura a sus propios hijos. Tan grande es nuestro afecto por vosotros, que hubiéramos querido entregaros no solo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas; porque habéis llegado a sernos muy queridos” (1 Tesalonicenses 2:7, 8).

Llamado a la acción

Piensa en alguien de tu iglesia, de tu trabajo o de tu vecindario que esté pasando por una situación difícil. No siempre es quien habla abiertamente de sus dificultades, sino quizá alguien que se mantiene en silencio y retraído. Acércate a esa persona. No esperes el momento perfecto. Envíale un mensaje de texto y hazle una visita. Escribe una tarjeta y siéntate a su lado. Ora por ella y con ella. No esperes el momento perfecto; simplemente hazte presente.

Jesús te ha invitado a realizar buenas obras; por lo tanto, no esperes una invitación. Jesús no esperó. Él se acercó a nosotros cuando aún estábamos lejos, y nos llama a hacer lo mismo. Toma la iniciativa de tender la mano. Sé tú quien se haga presente cuando todos los demás están demasiado ocupados. Efesios 2:10 nos recuerda: “Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras, las cuales Dios preparó de antemano para que anduviésemos en ellas”.

A veces, la parte más difícil de hacerse presente es superar el miedo a incomodar a alguien o a no saber exactamente qué decir. Pero nuestra presencia importa más que nuestras palabras. Jesús nos lo recuerda en Mateo 25:36: “Estuve desnudo, y me cubristeis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel, y vinisteis a mí”.

Cuando nos hacemos presentes los unos para los otros, estamos cumpliendo la ley de Cristo, que consiste en amarnos mutuamente tal como Él nos ha amado. Porque Jesús no se mantuvo a distancia; Él se acercó. Y nos llama a hacer lo mismo.

La iglesia está llamada a cuidar del mundo y de los suyos. Cuando una parte del cuerpo sufre, todos lo sentimos. Cuando alguno de nosotros atraviesa dificultades, debemos acercarnos en lugar de retroceder. “Así que, según tengamos oportunidad, hagamos bien a todos, y mayormente a los de la familia de la fe” (Gálatas 6:10).

Seamos una iglesia que no solo habla de amor, sino que lo vive.

Seamos un pueblo que no solo tiene buenas intenciones, sino que hace el bien.

Hagámonos presentes cuando otros no lo hacen, ofreciendo un amor que trasciende las palabras para convertirse en acciones — pasando de la intención a la presencia. Seamos las manos y los pies de Jesús para aquellos que necesitan saber que no están solos.

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Cuando Hacemos Lo Impensable Interrupciones Divinas

Written By

Jennifer Stucker serves as Women?s Ministry director for the West Coast District of the Church of God (Seventh Day). She has been married to her husband, Loren, for over 26 years, and they have two children, Nicole and Jeremiah. They live near Salem, Oregon, and attend Marion Church of God. Jennifer works as a Human Resources Manager for WEST Consultants. She teaches Sabbath classes, serves on the Adult Christian Education Committee, leads a women?s mentoring ministry, and enjoys serving on short-term missions. A certified advocate for victims of domestic violence and sexual assault, Jennifer is passionate about creating safe spaces where women encounter God?s love, restoration, and hope.

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