El “¡Oh!” de Dios

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En enero, decidí a leer la Biblia. Mi travesía comenzó bien. Leía varios capítulos cada día, visité muchos personajes importantes en el camino: Abraham, José, Moisés, Josué. Noemí, una mujer amargada que se volvió dulce, captó mi atención. Mientras mecía a un nieto inesperado en su rodilla, seguí con Samuel, Reyes, Crónicas, Esther, y finalmente, Job.

Había oído bastante sermones deprimentes de este libro como para durarme toda una vida. Sus cuarenta y dos capítulos se alzaban como un bosque encantado y prohibido.

Pasando por alto a Job

Llegó la primavera. En los días soleados, leía junto al río o en el patio. La triste historia de Job parecía no estar sincronizada con los botones de las flores ni con las aves. Así que me desvié a su alrededor y fui directamente a los Salmos. En poco tiempo, llegué a Isaías. ¡Qué profeta y escritor! Las bellas imágenes de las palabras de Isaías alientan y consuelan al lector. En el verano, ya había llegado a Malaquías, el final del Antiguo Testamento, y me felicité a mí misma.

¿Cómo se puede decir que estaba leyendo toda la Biblia si salté el libro de Job? Esa pregunta molesta interrumpió mi celebración. Había colocado una marca mental junto a cada libro a medida que lo había completado. No había marca junto a Job.

Buscando la sombra, moví mi silla bajo de un árbol de arce. Mis dedos hojearon las páginas gastadas de una versión Amplificada de la Biblia. “Hubo un varón en tierra de Hus, cuyo nombre fue Job . . .“ (1:1). Con eso, mi mente dejó el calor del patio y se sumergió en las oscuras y frías aguas de este libro preocupante.

Leyendo Job

Al principio, Satanás busca el consentimiento de Dios para probar la fe de Job. Permiso concedido. Nadie comparte esta información con Job, lo que podría parecer una injusticia. Antes del final del primer capítulo, los invasores robaron su ganado y mataron a sus sirvientes y los diez hijos de Job murieron en una tormenta de viento. Satanás, molesto por la respuesta positiva de Job, desafía a Dios para afectar su salud y obtiene el permiso. El cuerpo del pobre hombre estalla en ebulliciones de pies a cabeza. La pena enfurece a su esposa; ella se enoja con él. Por este tiempo, los vecinos de Job cruzan la calle evitándolo.

Como si sus problemas no se hubieran acumulado lo suficiente, los amigos de Job, rectos y prolijos llegan para consolarlo. Estos tres “hombres sabios” fastidian al atormentado Job para que confiese sus pecados y renuncie a su orgullo. Sus discursos plagados de locura lo exasperan:

Cosas como estas he escuchado muchas; ¡valiente consuelo el de todos ustedes! ¿No habrá fin a sus peroratas? ¿Qué les irrita tanto que siguen contendiendo? ¡También yo podría hablar del mismo modo si estuvieran ustedes en mi lugar! ¡También yo pronunciaría bellos discursos en su contra, meneando con sarcasmo la cabeza” (16:2-4).

La reprensión de Job insulta a sus consoladores. Ellos toman represalias prediciendo más sufrimiento para su amigo querido. Me entristecía por Job y me cansaba de sus amigos y de su interminable conversación. Mi travesía se hizo más lenta. Cualquier cosa que floreció, se movió o habló me distrajo de leer.

Para mediados de agosto Job concluye que sus tres amigos son hipócritas. Sin un abogado que lo represente, se defiende y jura que es inocente de infringir las leyes de Dios. Luego, un cuarto amigo más joven, Eliú, ocupa cinco capítulos para defender a Dios. El motor de mi lectura de la Biblia salió disparado cuesta arriba – hasta que el primer frío del otoño comenzó a dorar las hojas de mi árbol de arce. Fue cuando llegue al capítulo 38 y descubrí que no era la única que estaba harta de la filosofía de Job y sus tediosos amigos.

Adorando con Job

Dios toma a Job (y al lector) por el cuello. Él nos fuerza a considerar diligentemente de quien fueron las manos que pusieron los cimientos de la tierra. Luego, con el destello de Superman, Él rodea las constelaciones y pregunta: “¿Acaso puedes atar los lazos . . . de las Pléyades?” (38:31).

Sin Aliento, Job tartamudea, “soy tan indigno” (40:4), luego cierra con la mano su boca. Pero su despertar espiritual no ha terminado. El Señor hunde a Job en las profundidades del océano y lo desafía a enfrentarse al monstruo marino. Job sabiamente declina.

El gran final — otra pregunta, parafraseada: “¿Entonces tienes miedo de despertar a un cocodrilo pero no tienes miedo de faltarme el respeto a Mí, el creador de la bestia?”

Job arrepentido reconoce y confiesa su pecado; él ve a Dios y lo adora. Yo también lo hice.

“De oídas había oído hablar de ti, pero ahora te veo con mis propios ojos. Por tanto, me retracto de lo que he dicho, y me arrepiento en polvo y ceniza” (42:5, 6, NVI).

Olvidé, o quizás nunca entendí, lo que A. W. Tozer llama el ¡Oh! de Dios. En Nacidos Después de Medianoche, escribe: “Cuando el mismo Dios aparece ante la mente — impresionante, vasto e incomprensible — entonces la mente se hunde en el silencio y el corazón grita, “¡Oh Señor Dios!’.” Llámelo reverencia, el temor de Dios, o asombro, descubrir el ¡Oh! de Dios es vislumbrar Su poder incomprensible de manera tal que revela nuestra verdadera debilidad. ¡Oh! inmoviliza. Sacude las articulaciones y aturde la mente. Nos recuerda que sin un Salvador, Jesucristo, estamos completamente perdidos. Sabiendo esto, adoramos.

Había corrido a través de los últimos cinco capítulos de Job, perdí la noción del tiempo asombrada. Cuando termine el libro, sentí una tristeza que vino al despedirme de un personaje amado en una novela. Antes de seguir adelante, prometí regresar a menudo, para mantener el temor de Dios — Su ¡Oh! — en mi corazón.

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Rose McCormick Brandon is the author of four books:  Promises of Home – Stories of Canada’s British Home Children, One Good Word Makes all the Difference, He Loves Me Not He Loves Me (with Sandra Nunn), and Vanished (with Shirley Brown) — plus dozens of personal experience pieces, devotionals, short stories, and essays. Rose’s work has won awards in the personal experience and short essay categories. Her story, “Manitoulin Connections,” was published in Chicken Soup for the Soul, O Canada. A member of the Word Guild and the Manitoulin Writers Circle, Rose publishes two blogs: Listening to My Hair Grow (faith writings) and Promises of Home (stories of child immigrants). Rose and husband, Doug, summer on Manitoulin Island, where her pioneer ancestors settled and the home of his favourite fishing holes. The rest of the year, they live in Caledonia, Ontario, near their three children and two grandchildren.