por Marcia Sanders
Sol . . . cielos azules. David sonrió. ¿Podía un día ser mejor? Absorto en sus pensamientos sobre el próximo viaje de campamento con sus amigos de la iglesia y toda la diversión que tendrían, no notó la expresión de preocupación en el rostro de su madre cuando ella lo llamaba.
“¿Qué pasa?” respondió David. “Ya terminé mis quehaceres y he empezado a empacar para el viaje”.
“No se trata de eso” respondió mamá, con un gesto de pesar en su rostro. Es papá. “Se cayó y se rompió la cadera, así que está en cirugía. No podrás ir al viaje de campamento porque la abuela necesitará que la ayudes con las tareas mientras papá se recupera. Lo siento mucho. Sé que esperabas con muchas ganas este viaje”.
“¿Lo sientes? ¡Es mucho más que eso!” respondió David, con un tono más alto de lo que quería—. He esperado este viaje durante meses. Hice trabajos ocasionales para pagármelo. Todos mis amigos estarán nadando, montando a caballo y tirándose en tirolesa. Estoy seguro que alguien más puede quedarse con la abuela.
Mamá miró a David con una profunda decepción en los ojos. “¿Tienes idea de lo difícil que es esto para tus abuelos? No hay otra opción”.
Mamá regresó a la casa, dejando a David afuera. David no recordaba haber estado tan decepcionado — tener que renunciar a algo que significaba tanto para él.
En ese momento, apareció su papá. “¡Hola, David! ¿Cómo va todo?”
“Bien” murmuró David.
“Esa es, probablemente, la forma menos agradable en que he oído pronunciar la palabra “bien”. Papá sonrió. “¿Quieres contarme qué hace que este día sea tan “bueno” para ti?”
“Me acabo de enterar de que no puedo ir al viaje anual de campamento porque tengo que quedarme a cuidar a la abuela, se quejó David.
“Perderse el viaje es duro. Pero es una gran oportunidad para ti”.
“¿Qué? ¿Una oportunidad para sentirme miserable?” protestó David.
“No . . . para experimentar el sacrificio” respondió su papá. “En este país, no se espera que hagamos un sacrificio real. No como verse amenazado de muerte o de sufrir lesiones simplemente por servir al Señor. Por supuesto, esto no es nada comparado con los sacrificios de ellos — y mucho menos con lo que Cristo entregó — pero aun así es un sacrificio”.
“No lo había pensado así” reflexionó David. Aunque todavía no me gusta.
“Bueno”, dijo su papá riendo, “no sería exactamente un sacrificio si te gustara. ¿Recuerdas la respuesta de Jesús cuando se acercaba el momento de su muerte?”
David pensó por un momento.
“Realmente, no”.
“Jesús oró con tanto fervor que Su sudor parecían gotas de sangre, y tres veces le pidió a Dios que lo librara de aquella muerte. Pero Sus palabras finales fueron: “No se haga mi voluntad, sino la tuya”. Verás, Jesús no quería sufrir, pero sí quería obedecer. A veces debemos hacer cosas realmente difíciles — incluso cuando no queremos. “Yo amo a la abuela y al abuelo —respondió David—, y me gusta estar con ellos. Supongo que, tal vez, no sea un sacrificio tan grande como pensé al principio”.

