Sobrenatural

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En el relato de la ascensión de Jesús, según Hechos capítulo uno, el Señor da las últimas instrucciones a Sus discípulos, particularmente les pide que no se vayan de Jerusalén hasta que se cumpla en ellos la promesa de Dios de recibir el Espíritu Santo, para efecto de cumplir con la misión que se les ha encomendado. El verso 8 dice:

Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra.

Llama la atención que ante la urgencia de salvar almas por la predicación de el evangelio, el Señor les pida que no hagan ningún movimiento, hasta en tanto reciban el Espíritu de Dios. Esta simple observación pone de manifiesto que la misión de la iglesia, es una misión que preside el Espíritu Santo. En otras palabras, sin el Espíritu de Dios, la labor de la iglesia carece de sentido. Es algo puramente humano, insulso, intrascendente, e incapaz de cambiar el corazón del hombre ni su entorno.

En pocas palabras: sin el Espíritu Santo, no hay misión.

La misión de la iglesia, según el Apóstol Pablo, no es puramente humana, pues enfrenta a potestades espirituales (Efesios 6:12), ante tal realidad, no existe poder humano que pueda vencer al gran enemigo de nuestras almas; es decir, al pecado en cualquiera de sus manifestaciones. Por esta razón es que Cristo pidió a Sus discípulos que antes de iniciar la predica del evangelio se aseguraran de que el Espíritu de Dios estuviera con ellos. La misión la hace el Espíritu; la iglesia es el instrumento que Él usa.

 

Cinco aspectos

El Espíritu de Dios tiene cuando menos cinco funciones en la misión de la Iglesia,

1 Asegura la fidelidad y pureza del mensaje que se comparte, pues el Espíritu nos guía a toda verdad y a toda justicia (Juan 16:13-15). En medio de un mundo lleno de mentira, de sincretismos religiosos y de filosofías baratas, la verdad del evangelio resplandece con autoridad espiritual incontrovertible, por cuanto proviene de Dios.

2 Redarguye la conciencia de las personas. Jesús dijo: “Y cuando él viniere redargüirá al mundo de pecado, y de justicia y de juicio” (v. 8). Para que una persona acepte el evangelio, primero necesita reconocerse como pecador y arrepentirse. Esta es una labor del Espíritu, no de los hombres.

3 El Espíritu provee todos los aspectos necesarios para el crecimiento cuantitativo y cualitativo de la iglesia, en Hechos 9:31 encontramos que: “Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban fortalecidas por el Espíritu Santo.” Mas allá de planes o sistemas de evangelización que sin duda son importantes, debemos comprender que lo vital para el crecimiento numérico y sano desarrollo de la iglesia es la presencia del Espíritu Santo.

4 El Espíritu acompaña a los creyentes que dan testimonio aún en medio de la adversidad. Jesús animó a Sus discípulos diciendo: “Cuando os trajeren a las sinagogas, y ante los magistrados y las autoridades, no os preocupéis por cómo o qué habréis de responder, o qué habréis de decir; porque el Espíritu Santo os enseñará en la misma hora lo que debáis decir” (Lucas 12:11-12). Antes de la preparación técnica del mensaje, debe estar la preparación espiritual del mensajero.

5 El Espíritu convierte a los creyentes, no sólo en evangelistas sino en testigos. Eso fue lo que dijo Jesús: “Y me series testigos” (Hechos 1:8). En cualquier tribunal, los testigos son los que inclinan la balanza para el veredicto final del juicio. Los testigos son valiosos por cuanto tienen un testimonio. De hecho, lo que hace a una persona ser testigo, es el testimonio que tiene. El más grande testigo es Jesús, llamado El testigo fiel y verdadero” (Ap. 1:5, 3:14). Lo que creemos de Dios, lo creemos por el testimonio de Cristo. Así mismo, lo que la gente crea de Jesús, será por el testimonio de los creyentes.

 

Poder y presencia

Durante muchos años en la historia de nuestra denominación, hemos dicho que el Espíritu Santo no es una persona. Sin embargo, necesitamos decir mucho más de lo que el Espíritu Santo es. En algunos círculos de nuestra comunidad internacional, se afirma simplemente que el Espíritu santo es un poder, lo cual no es justo. En todo caso, debería decirse que el Espíritu es el Poder.

Jesús, explicó a Sus discípulos la invaluable presencia del Espíritu Santo: “Pero yo les digo la verdad: Os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendrá a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré” (Juan 16:7). A la luz de este pasaje, podemos afirmar que el Espíritu Santo no sólo es un poder, sino la presencia misma del Padre y del Hijo en la vida del creyente.

El Espíritu Santo se trata de la Deidad actuando en la vida de Sus hijos. Por tal motivo, afirmamos que la misión de la iglesia no es una misión sólo humana, ni sólo Divina, sino: Divino-humana. En este sentido, el creyente tiene el privilegio incomparable de trabajar del lado de Dios y; sólo así, podrá cumplirse la misión.

 

Más Espíritu

En una manera especial, Jesús nos invita a pedir de manera especial al Padre, que nos dé más de Su Espíritu cada día (Lucas 11:10-13). Sólo así, nuestros esfuerzos evangelizadores tendrán el resultado apropiado. Sólo así se garantiza el crecimiento y desarrollo de nuestra comunidad como en el primer siglo, en donde: “el Señor añadía cada día a la iglesia los que habían de ser salvos” (Hechos 2:47).

Dejemos que el Espíritu Santo presida la misión de la Iglesia.

Ramon Ruiz

Ramon Ruiz is the president of the International Ministerial Congress and writes from Dallas, TX, where he lives with his wife, Rebeca.

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Ramon Ruiz is the president of the International Ministerial Congress and writes from Dallas, TX, where he lives with his wife, Rebeca.

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