Todo Se Trata de Él

Antes de Belén, el Alfa y la Omega.

por Ruhama Assefa

Una tarde corrí a casa, desesperada por abrir mi Biblia. Mi corazón estaba apesadumbrado, agobiado por la tristeza, y anhelaba alivio.

Busqué en las páginas un verso que coincidiera perfectamente con mi situación, algo que me consolara en el momento. Con lágrimas corriendo por mi rostro, derramé mis problemas a los pies de mi Señor.

Pero mientras hojeaba las Escrituras, sucedió algo inesperado. Una convicción golpeó profundamente dentro de mí, casi como un peso presionando contra mi corazón y mi mente. Creo que fue el Espíritu Santo. En ese momento me sentí avergonzada porque de repente vi lo que había estado haciendo, no solo una vez, sino muchas veces antes. Realmente no estaba estudiando la Palabra de Dios por lo que decía. Estaba buscando versos que hicieran eco de mis sentimientos.

No me malinterpreten. No hay nada malo en correr a la Palabra de Dios en busca de consuelo. Las Escrituras son nuestro escudo y nuestro refugio. Pero me di cuenta de que estaba escuchando solo lo que quería escuchar, en lugar de permitir que el Espíritu hablara lo que yo necesitaba escuchar. Quería que se abordara mi situación, pero me estaba perdiendo la verdad más grande: La Biblia no es un libro de soluciones rápidas; es la revelación de una Persona.

Esa Persona es Jesucristo.

Jesús no está solo en los Evangelios. Está ahí desde el principio. Él es el Verbo eterno, el Alfa y la Omega, el que es, el que era y el que ha de venir. Cuando leemos la Biblia solo en busca de versos que nos tranquilicen, corremos el riesgo de perdernos la realidad mayor: Todo se trata de Él.

Cristo eterno

Muchas personas, incluso los cristianos, no siempre comprenden esto. Algunos ven a Jesús simplemente como un profeta o una figura histórica que apareció repentinamente en el Nuevo Testamento. En Su propia época, muchos de los judíos, fieles estudiantes de la ley, expertos en las Escrituras — no lo reconocieron. No podían ver que el Mesías que estaba delante de ellos era el Mismo prometido a través de sus amadas Escrituras.

Y honestamente, sin la ayuda del Espíritu, nosotros tampoco lo reconoceríamos. El conocimiento de la Biblia por sí solo no es suficiente. Hay una diferencia entre conocer los hechos de las Escrituras y creerlos verdaderamente. La creencia siempre conduce a la aceptación de Cristo mismo.

Es por eso que la verdad de la preexistencia de Jesús es tan importante. Esto nos muestra Su deidad, Su eternidad, Su autoridad y Su humildad. Arraiga nuestra fe no en sentimientos pasajeros, sino en el plan eterno de Dios.

El profeta Miqueas declaró:

Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre las familias de Judá, de ti me saldrá el que será Señor en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad (Miqueas 5:2).

Jesús no comenzó en Belén. Él entró en la historia allí, pero existió antes de que comenzara el tiempo. El Evangelio de Juan nos dice: “Todas las cosas fueron hechas por medio de él, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho” (1:3). Pablo añade: “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten” (Colosenses 1:17).

Plan eterno

Cuando Jesús dijo: “De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy” (Juan 8:58), Él no solo estaba reclamando sabiduría o antigüedad. Se estaba identificando con el Dios que se reveló a Moisés como YO SOY (Éxodo 3:14). Sus palabras llevaban el peso de la eternidad. Y, sin embargo, Filipenses 2 nos recuerda que, aunque Él era Dios por naturaleza, se humilló a Sí mismo para hacerse hombre, incluso hasta la muerte de cruz.

En Su oración antes de la cruz, Jesús dijo: “Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese” (Juan 17:5). La cruz no fue un accidente, no fue un trágico giro del destino. Fue el desarrollo del plan eterno de Dios, llevado a cabo por Aquel que compartió la gloria con el Padre antes de la creación misma.

Historia continua

Esto es lo que me impactó de nuevo en ese momento de convicción: La vida no se encuentra en el Libro en sí, sino a través del Libro — en la Persona que el Libro describe. Desde Génesis hasta Apocalipsis, la Biblia es una historia continua que apunta a Jesús.

En Génesis, Él es la Simiente prometida de la mujer que aplastaría la cabeza de la serpiente. En Éxodo, Él es el Cordero de la Pascua cuya sangre trae protección y liberación. En el desierto Él es el maná del cielo, que sostiene a Su pueblo con vida. Los salmistas cantan de Él como el Pastor que guía y como el Rey que reina. Isaías habla de Él como el Siervo Sufriente, traspasado por nuestras transgresiones y aplastado por nuestras iniquidades. Daniel lo ve como el Hijo del Hombre, que viene con las nubes del cielo para recibir el dominio eterno. Miqueas señala a Belén, declarando que el Gobernante que vendría sería de tiempos antigüos.

Y luego, por último, los Evangelios lo revelan en carne y hueso: Emanuel, Dios con nosotros. El Antiguo Testamento susurra Su nombre; el Nuevo Testamento lo grita. Toda la historia es sobre Él.

Cambio de enfoque

Darse cuenta de esto cambia la forma en que leemos la Biblia. Cuando veo a Jesús como el Cristo eterno, ya no vengo a las Escrituras solo por un verso tranquilizador, aunque Dios todavía me consuela a través de él. En cambio, vengo a encontrarme con Él, el que estaba en el principio y que estará al final. Su preexistencia me ayuda a confiar, porque Sus promesas no son temporales sino eternas. Me da esperanza porque Aquel que existió antes del tiempo sostiene mi futuro con seguridad. Me llena de humildad porque la Palabra eterna eligió el camino de la humildad para mi salvación. Y me mueve a adorar porque la Biblia se convierte no solo en un espejo de mis sentimientos, sino en una ventana a Su gloria.

Cuando miro hacia atrás a ese día en que el Espíritu Santo me detuvo en seco, me doy cuenta de que fue gracia. Los líderes judíos del tiempo de Jesús leían y memorizaban el Antiguo Testamento, pero muchos aún no comprendían su mesianismo. No puedo juzgarlos, porque hago lo mismo cuando me acerco a las Escrituras para mis propios fines. Sin el Espíritu abriendo nuestros ojos, ninguno de nosotros vería. Es por eso que necesitamos orar — por nosotros mismos, por nuestros seres queridos, por el mundo — para que se abran los ojos espirituales.

Anhelamos que los demás conozcan el amor que hemos sentido, el descanso que hemos recibido y la paz que Cristo nos ha dado. Pero esto viene solo cuando vemos las Escrituras no como un libro de reglas o versos de consuelo, sino como la revelación del propio Jesús.

Encontrando a Jesús

Así que ahora, cuando abro mi Biblia, me recuerdo a mí misma que no se trata solo de encontrar algo para mi situación. Se trata de encontrarlo a Él. La vida no está en las páginas sino en la Persona. Desde la primera promesa hasta la visión final, la Biblia cuenta una historia de Jesucristo, el Verbo eterno que estaba con Dios en el principio y que reinará para siempre.

Cuando abramos la Biblia de esta manera, será para contemplar Su gloria. Y ser transformados.

Como nos recuerda el Apocalipsis, “Yo soy el Alfa y la Omega, principio y fin, dice el Señor, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso” (Apocalipsis 1:8).

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Jesús y las Genealogías

Written By

Ruhama Tewodros Assefa is a Christian writer, youth leader, and dental medicine student. With a passion for words birthed from a deep place of worship and intimacy with God, she writes to heal, uplift, and point others to truth. Her journey of faith is deeply rooted in prayer, service, and a desire to see young women walk in identity and godly wisdom. Her article in the July-August issue is her first published piece. Ruhama lives in Addis Ababa, Ethiopia.

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