Discipulado de Carne y Hueso

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Cuenta una historia de un ocupado padre que quería mantener ocupado a su hijo pequeño para que no lo distrajera. El padre rompió un mapa del mundo en pedazos y envió a su hijo a su habitación para que uniera todas las piezas, ordenándole que no regresara hasta que todas las piezas estuvieran unidas. Sorprendido por la rápida reaparición de su hijo con el trabajo terminado, el padre le preguntó al hijo cómo había unido las piezas tan rápidamente. Esto fue lo que el hijo le contestó: “Pues, papá, atrás del mapa hay una fotografía de un hombre, y pensé que para unir las piezas lo único que tendría que hacer es unir al hombre”.

La repuesta del niño es intrigante e instructiva. Vivimos en un mundo hecho pedazos, y la clave para unir al mundo es unir a los hombres y mujeres que forman parte del mundo. Mejorar las condiciones de este mundo a costa de no mejorar las vidas, el recurso más valioso del mundo, es el desastre más grande de nuestra generación.

Esto plantea preguntas importantes: ¿Cómo llevamos el cristianismo a un nivel más profundo? ¿Cómo cultivamos seguidores de Cristo devotos, felices y completos? ¿Cómo ayudamos a los nuevos cristianos a ordenar su mundo privado, asegurando que los fundamentos esenciales como la disciplina, el carácter e integridad existan a plenitud en el almacén en donde son de gran importancia?

Dentro del amplio marco del cristianismo, una sola palabra nos ofrece la respuesta: discipulado.

 

El libre albedrío

El proceso de santificación que ocurre día tras día es la forma como el hombre y la mujer que están en Cristo se unen o “construyen”. Es por eso que Reggie McNeal ha descrito el discipulado como el proceso en el que “las personas se transforman en personas”. Y ahí está el dilema de los cristianos. Ellos han sido liberados de la condena del pecado, pero todavía están lidiando con la presencia y la práctica del pecado, completos en Cristo, pero aun viviendo en un mundo quebrantado, con un corazón susceptible a desviarse.

Esto plantea nuevas preguntas. Siendo ya redimidos, ¿por qué nuestro Dios que nos ama permite que luchemos en nuestro caminar con Él? ¿Por qué el plan de redención de Dios incluye la lucha y la frustración? Contestar esta pregunta podría tornarse muy teológico. Pero para mantener las cosas simples, digamos que la razón del proceso, la razón por la cual Dios no nos saca de nuestra lucha y la termina, es porque Él no quiere a robots por discípulos. Es la misma razón que Dios le dio libre albedrío a Adán y Eva en el jardín del Edén. No quería robots antes, ni quiere robots ahora. Así como Adán y Eva ejercieron el libre albedrío para desobediencia, Dios desea que como nuevos creyentes en Cristo practiquemos el libre albedrío pero para obediencia.

Aunque quizá implícitamente esto está enfatizado en todo el Nuevo Testamento, donde la libertad de voluntad es el enfoque de mandamientos tales como: “matar la naturaleza pecaminosa” (Romanos 8:13); “caminemos en el Espíritu” (Gálatas 5:25); “y vestíos del nuevo hombre” (Efesios 4:24). En ambas creaciones, la primera creación y la nueva creación, el diseño de Dios es que aquellos hechos a Su semejanza practiquen el libre albedrío en obediencia a Él. Como creyentes del Nuevo Testamento, tenemos la presencia del Espíritu Santo que nos da el poder para hacerlo.

¡Estas son buenas noticias! En Romanos 8:13, mencionado anteriormente, dice que es por medio del Espíritu que hacemos morir las obras de la carne. En otras palabras, los creyentes desempeñan un rol en el proceso de la santificación; y, tenemos el poder de Dios en nosotros para cumplirlo.

 

Relaciones

Esto nos indica algo importante. El Espíritu Santo muchas veces trabaja por medio de personas — alguien sentado en la mesa enfrente de otro creyente que puede ayudarle a crecer, dejar malos hábitos, sanar heridas, superar fracasos pasados — especialmente a alguien que ha experimentado una gracia vencedora en esas áreas. Se ha observado que, así como el dolor y el daño se presentan en las relaciones, también se presentan la sanidad y la salud. Los mejores discípulos son los que hacen otros discípulos. Por esa razón, Jesús les encomendó a sus discípulos la importante tarea de hacer discípulos en todas las naciones.

Este es el propósito de la encarnación. Dios, que es Espíritu, se manifestó en carne para que lo viéramos, lo conociéramos y lo tocáramos (Juan 1:1-18). Esta es la forma de Dios. Como Howard Hendricks lo escribió en Teaching to Change Lives: Seven Proven Ways to Make Your Teaching Come Alive (Enseñando a Cambiar Vidas: Siete Maneras Comprobadas de Avivar la Enseñanza), “El método de Dios es siempre la encarnación. Él ama tomar Su verdad y envolverla en una persona”.

Una noche, una pequeña niña con miedo de estar sola en la oscuridad, pidió a su padre que alguien se quedara con ella. Cuando su padre le aseguró de la constante presencia de Dios, la niña le respondió, “Esperaba que fuera alguien de carne y hueso”. Eso ocurre en el discipulado. Dios se vuelve carne y hueso, por medio de personas que forman a individuos a la imagen de Cristo.

Sí, Cristo siempre está con nosotros, aun “hasta el fin del mundo”. Por medio del gran misterio de Su plan, una de las maneras en que Dios hace saber de Su presencia es a través de las vidas de personas ordinarias como tú y como yo.

 

 

Este artículo es un extracto
adaptado de la Iglesia Vibrante: Reflexiones Bíblicas y Herramientas Prácticas para una Iglesia Vibrante del Siglo XXI por Israel Steinmetz y Whaid Rose. Para comprar una copia, visite https://center.artioscollege.org/resources/.

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Whaid Rose, former president of the General Conference, is dean of the Artios Center for Vibrant Leadership and pastors the Newton, NC CoG7. He and his wife, Marjolene, live in Denver, NC._