Cuando Pocos se Vuelven Muchos
por Sarah Leteta
|
Mi suegra planta un jardín fabuloso, lleno de las mejores verduras y fresas y frambuesas más deliciosas. Un año cortó sus arbustos de frambuesa preciosos hasta que quedaron casi nada - sólo unos palos patéticos quedaron. Yo había escuchado de podar, pero esto era extremo. No entendía porqué los había cortado tan drásticamente. Supuse que las bayas del siguiente año serían pésimas.
Asumí mal. Al siguiente verano esos palos habían crecido, extendido, florecido, y estaban cargados de frambuesas rojas y jugosas, ¡Wow! Pensé. ¡Esto es asombroso! Recogí baldes de bayas y agradecí a Dios por saber Sus negocios cuando Él había creado estas cosas. Nunca debí haber dudado de mi suegra.
He estado pensando en esos arbustos, cómo fueron cortados a casi nada y aun crecieron, y acerca de nuestra iglesia. Ha crecido recientemente — no sólo algunas nuevas personas, sino muchas de ellas. Esto es tanto excitante como sorprendente. Fuimos tan pequeños durante tanto tiempo: diminutos, minúsculos. Usted sabe de lo que hablo.
Más sorprendente es que no hicimos mucho para atraer a estas nuevas personas. Ningún programa nuevo, ninguna nueva instalación, no nuevos comités (no había suficientes de nosotros para tener más de un comité), ningún servicio de ayuda social, nada, cero. Me hubiera gustado que hubiéramos hecho algo para crear este crecimiento, algo audaz y espectacular para poder felicitarnos a nosotros mismos — una palmadita en la espalda de cada uno de nosotros. En vez de eso sólo nos rascamos la cabeza. ¿Cómo ocurrió esto?
Esta pregunta se había hecho antes, cuando nuestra iglesia experimentaba el dolor de ver la gente salir por la puerta en lugar de entrar. ¿Por qué partieron las personas?¿Por qué alguien deja la iglesia, al no ser por mudarse a otro lugar? Simplemente porque no les gusta. Y con “no les gusta” me refiero al edificio, las personas, la política, las doctrinas, la comida, los baños, la alfombra, etcétera. Es una historia vieja que la mayoría de las personas de la iglesia conocen demasiado bien. Los que permanecen pasan mucho tiempo preguntándose qué sucedió y porqué, y si el Espíritu Santo podría haber salido fuera por la puerta con todos los demás. Entra el desaliento, y es difícil deshacerse de él.
¿Puede Cristo tomar algunos peces y rebanadas de pan y alimentar una multitud? ¿Puede renovar una iglesia frágil y diminuta? ¿Puede ayudar a los miembros de unas congregaciones que les es difícil ayudarse a sí mismos, una iglesia que no tenía ningún plan en absoluto? Sí puede, lo hizo, lo hace.
He aquí mi teoría: así como aquellos arbustos de frambuesa que fueron podados, nosotros también fuimos podados, cortados dolorosamente hasta casi nada. Lo que quedó aun tenía algo bueno, parece. Éramos pequeños pero briosos, desilusionados pero no amargados, tristes pero esperanzados. Y continuábamos orando.
En los pasados dos años, un espíritu fresco de comunión nos ha visitado. Nos hemos dado cuenta de que nos amamos — incluso cuando nos volvemos locos unos a otros. Comemos, hablamos, reímos y compartimos juntos. El compañerismo del sábado ha empezado a extenderse; ya no nos apuramos por partir. Estamos convirtiéndonos auténticamente en una “Iglesia.” Cuando entran nuevas personas, reciben una bienvenida por personas genuinamente felices de verlos.
Mucho puede decirse del crecimiento de la iglesia: su emoción, sus ajustes, sus dolores. Es suficiente decir que por ahora estamos felices y asombrados, y que el final está en las manos del Dios de gracia. ¡Él puede bendecir todas nuestras iglesias, grandes o pequeñas!
Sarah Leteta asiste a la CoG7 de Parkland cerca de Edmonton, Alberta.
The Bible Advocate Press grants the user permission only
to download and print this article. If the user wishes to make
multiple copies, permission must be granted by the Bible
Advocate Press.
|