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Mi Viaje
Amor de una Niña no Amada
por Katie Guadalupe King
A la edad de veintiún años, sin ninguna razón para seguir viviendo, concebí el plan perfecto para terminar con mi vida: Tomaría una semana de vacaciones en mi trabajo y compraría toda la cocaína que pudiera obtener, más tres frascos de somníferos, y un paquete de doce cervezas. Me iría a dormir para nunca despertar. Pero Dios tenía otros planes.
Yo crecí en un hogar donde el amor no podía existir. Mi verdadero padre, a quien nunca conocí, se separó de mi madre antes que yo naciera. Él entraba y salía de Big Ben (una prisión en McAlester, Oklahoma). Él regresó sólo una noche; yo fui el resultado de esa noche.
Mi madre nunca perdonó a mi padre por haberla embarazado, y como resultado me culpaba de todo lo que le salía mal en su vida. Gracias a su adición a las drogas yo nací adicta a la cocaína y gritaba durante los primeros nueve meses. Mi madre me dijo años después que hubiera hecho cualquier cosa por lograr que yo dejara de gritar.
En realidad ella hizo algo – como tratar de matarme antes que yo cumpliera dos años. Pesando sólo dieciocho libras, sufrí de la desnutrición al punto que mi pelo se puso color naranja y mi estómago se dilató. Yo no podía caminar o hablar. Mientras estuve en el hospital recibiendo tratamiento, las enfermeras no podían quitarme el pañal sin desgarrarme la piel, por eso tenían que humedecerlo. Como resultado de tal negligencia, las autoridades me removieron del cuidado de mi madre.
Pero tampoco pude encontrar amor con mis padres adoptivos. Ellos eran líderes de la iglesia que bien sabían cómo verse bien en la iglesia mientras me torturaban física, sexual y emocionalmente en casa. Para cuando cumplí cinco años, mi madre adoptiva me convenció de que yo era la pura maldad – el anti-Cristo. Si ella tenía razón, me dije a mí misma, ni siquiera Dios me podría amar. Dejar de existir le ahorraría a Dios el problema de la confrontación decisiva final.
Después de la edad de cinco años, yo le rogaba a Dios todas las noches que me dejara morir. Cada mañana cuando despertaba, me sentía furiosa con Dios, convencida que Él también me odiaba. Me propuse, pues, odiar a Dios por el resto de mi vida.
Dos semanas después de mi graduación, me botaron de la casa y nunca regresé. Trabajaba en cinco lugares diferentes de comida rápida para tener lo suficiente para sobrevivir y no pensar en mi vida.
Eventualmente conocí a un tipo llamado Bryan y me casé con él después de dos semanas. Poco después empezó a volverse abusivo, y nos divorciamos.
Durante este tiempo, mi bisabuelo se enfermo y falleció. Él era una de las pocas personas en mi vida que verdaderamente me amaba. La noche que traté de suicidarme, él se me apareció en un sueño y trató de convencerme que mi vida no había terminado, que él me amaba, y más importante aún, que Dios me amaba. El estaba seguro que yo iba a enderezar mi vida un día. Me abrazó y luego desapareció.
¡Yo estaba furiosa! Le grité a Dios, “Si mi abuelo tenía razón y Tú realmente existes y me amas realmente, entonces tendrás que enviar a alguien para que me explique de Ti, para que yo desee tener alguna relación contigo.” Nada fácil.
Ocho años después, nació mi hija de Billy, un hombre con el que eventualmente me casé a pesar de no tener una relación estable con él. Terminé dejando a Billy porque estaba convencida que él estaba abusando de Shelby. Yo deseaba proteger a mi hija y a mí a toda costa, así que nos mudamos de Arkansas hacia Idaho cuando Shelby cumplió cuatro años. Después de cinco años de separación, Billy se mudó a Idaho y me convenció de que él había cambiado completamente. Debido a que Shelby quería tener un papá, Billy y yo nos casamos.
Pero el matrimonio no duró. Después de un año, abandoné a Billy por última vez. Él no estaba de acuerdo con el divorcio sin tratar de conseguir custodia sobre Shelby, así que permanecí legalmente casada pero separada.
Tres años después, el padre de Billy me rogó que viniera a verlo en Arkansas, y me fui con Shelby a verlo. Me dijo que ésta sería la última vez que lo vería vivo, que estaba listo para morir. ¿Cómo puede estar tan en paz si va a morir? me pregunté. Yo estaba aterrorizada de la muerte. No le pregunté porque sería como dar mi consentimiento para que él muriera.
Cuando mi suegro murió tres semanas después, yo lloré por primera vez en más de treinta años. Dios, ¿por qué? ¿Por qué mi papá? Él era lo más cercano a un padre que yo haya conocido. ¡Tú sabes que él me amaba! De pie junto al ataúd, le dije a Dios, “Recién había yo decidido darte otra oportunidad, y lo volviste a hacer! ¡Te odio!
Yo no podía comer, dormir, no podía morir (Dios no me dejaba hacerlo), y no podía vivir. Odiaba a Dios pero deseaba la paz que mi padre había tenido antes de morir. También estaba preocupada tratando de saber si la muerte era el fin. Me sentía como una niña de treinta y siete años que había perdido a su único padre. Estaba perdida, asustada, y solitaria.
En ese entonces, yo trabajaba para una compañía de autobuses escolares. Después de un mes de molestar constantemente a dos de mis compañeros de trabajo, entregué mi vida a Cristo. Aquellos compañeros de trabajo son ahora mi pastor y su esposa.
Venir a Cristo no fue fácil para mí. Dos semanas después de asistir a la iglesia, me enfrenté con una lección sobre el matrimonio en la escuela Sabática. Me cerré emocionalmente y me quería salir de la clase. Yo sabía que no podía servir a un Dios que deseaba que regresara con Billy y dejara la paz y la seguridad que mi hija y yo recién habíamos logrado tener. Billy empezó a acecharme en Idaho y trató de raptar a Shelby, por lo cual la corte me otorgó una orden temporal de protección. Después de informarse cuán grande sería el problema que iba a enfrentar si yo lo demandaba, Billy acordó con el divorcio. Yo también quería romper todo vínculo con mi pasado, por lo tanto cambié legalmente mi nombre y apellido para ser la persona que Cristo me había hecho.
De algún modo sabía que rendir mi vida a Cristo no sería el fin. Yo quería mostrar el amor de Dios a los no amados, compartir lo que yo había encontrado con ellos. ¿Pero cómo? Cuando oí de la Capacitación Misionera Pionera, supe que había encontrado la respuesta adecuada.
Dios proveyó los medios para mi viaje, y a finales de diciembre me encontré sirviendo al lado de mis hermanos Cristianos en Monterrey, México. Durante ese viaje de diez días, aprendí a ministrar a otros y compartir mi fe. Un día durante la testificación en la calle, compartí mi fe con un extraño. El hombre le preguntó al intérprete si yo podía orar con él para aceptar a Jesús como su Salvador.
Esa no es la única transformación que vi gracias a participar en la Capacitación Misionera Pionera (PMT por sus siglas en inglés). El verano pasado, Shelby (entonces de once años) dio su vida a Cristo en un campamento en Meridian, Idaho. Ella casi no podía creer el cambio en mí durante el año anterior, especialmente cuando me preparé para y servir mediante PMT. Ahora Shelby está ansiosa por tener la edad suficiente para ir con PMT ella misma.
Hubo tantas veces en las cuales Cristo pudo haber desistido conmigo, pero no lo hizo. Él fue más allá de lo que yo pensé que Él podría hacer – salvándome de mi pasado – y plantando un deseo en mí para compartir la fe que yo había encontrado en Él. Quiero que aquellas personas que no sienten tener una razón para vivir sepan que hay esperanza. Quiero que sepan que si Dios puede tomar a una persona no amada como yo y amarla, también puede hacerlo por cualquier otra persona.
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