Abrazando el Valle

Terminando la lucha contra el “no” de Dios. por Jill Richardson

 

Mi amiga Ronda* puede ser muy convincente. “Dios puede quitarte esto. Dios desea quitarte esto. El quiere que yo ore por tu sanidad.”
¿Quién lo creyera? Quizá éste era el momento que Dios estaba esperando. Mientras Ronda oraba, esa pequeña oruga de esperanza comenzó a salir de su firme crisálida nuevamente.

Yo he sabido durante quince años que tengo la enfermedad de enquistado renal — la misma enfermedad que causó la muerte muy temprana de mi madre, su madre, y la mayoría de sus hermanas. Usted puede saber que la tiene durante quince años pero no hacer nada al respecto sino esperar y orar por un trasplante cuando llegue el momento y que éste funcione. Para mí, eso será dieciocho años para que mis amistades con sus buenas intenciones traten de mover a esa oruga de esperanza a cambiar en una mariposa. Dieciocho años de personas que tienen esa seguridad que Dios tiene planes para mi sanidad. Dieciocho años para que yo comience a creer nuevamente que quizá esta vez esta oración será la que reciba respuesta.

Tres semanas después de la conversación con Ronda, entré a la oficina del nefrólogo con la pequeña oruga moviéndose en su restricción. Definitivamente esta vez. Ella estaba tan segura. O definitivamente no.

Los resultados del laboratorio y el pronóstico siguieron siendo los mismos, dejé la oficina regañándome a mi misma por hacer lo que yo sabía no debía hacer. No creer en Dios; Él puede sanar — y lo hace. Pero he sabido durante un tiempo mediante la paz del Espíritu Santo que Él no lo hará. Esta vez caminaré por el valle que mi madre caminó. No era agradable. No me gusta caminar sola, pero está bien. O por lo menos lo sería si aquellos a mi alrededor vivieran en paz también.

Quizás alguien que usted ama está caminando por un valle de enfermedad, de muerte, de divorcio, o pérdida. ¿Debe usted empujar más duro? ¿Detenerse? ¿Orar más fervientemente? ¿Reunir más gente para más poder en la oración? ¿Repetir más versos de la Biblia? Yo le sugiero un enfoque radical: Abrace la paz del valle. He aquí tres buenas razones por las cuales hacerlo.

 

Paz en el valle

¿Acaso no el contentarse en el valle significa rendirse? ¿Acaso no dijo Jesús la historia de la viuda persistente que fastidiaba día y noche al juez hasta que le concedió su petición? Aún así hay dos cosas que sobresalen para mí en la historia de esta viuda.

Primero, ella no pidió alivio de preocupación o dolor personal; ella pidió justicia. Ella quería que el carácter inherente de Dios estuviera satisfecho. Hasta donde yo puedo entender, mi sanidad física no es cosa de bien o mal. Yo he hecho el trabajo de la viuda durante veinticinco años, orando por la salvación de mis hermanas y hermanos. “Dios no desea que nadie perezca sino que todos procedan al arrepentimiento” (2ª Pedro 3:9).

Segundo, la viuda persistió porque nunca recibía una respuesta. ¿Es meritorio persistir cuando recibimos una respuesta — y la respuesta es no? Para este caso, yo veo a Pablo, quien rogó a Dios le quitara el aguijón de su cuerpo (2ª Corintios 12:8, 9). Pablo persistió. Pablo recibió una respuesta. Pablo desistió. Pablo estaba en paz. Funciona para mí.

Estimados amigos, cuando su descontento con mi condición me ocasiona dudar mi satisfacción propia, tengo que pisar nuevamente el terreno difícil sobre el cual ya he tropezado. Prefiero quitarme los zapatos y sumergir los pies en las aguas frescas de la espera pacífica en el valle. Estoy lista y tranquila, y se que Él es Dios. No me he rendido; me he sometido.

 

Gratitud en el valle

Job lo perdió todo y a toda persona que él amaba (excepto a su esposa y unos amigos). Aún así Job aseveró, “He aquí, aunque él me matara, en él esperaré” (Job 13:15). ¿Puede usted ver el dolor de una amiga y creer que si le sucediera a usted y Dios fuera todo lo que le quedara, sería Él suficiente? ¿Se quejaría usted de la injusticia de la vida?

Algunas veces las peticiones persistentes a Dios por la sanidad son perseverancia meritoria. Pero algunas veces es nuestra propia deficiencia en aceptar las injusticias de la vida. Es nuestra demanda que la gente que es buena sea premiada con cosas buenas.

Caminar por el valle produce algo en el corazón que quizá no se espere: gratitud. La gratitud por el gran milagro de nuestra mera existencia, por el insondable milagro de la gracia de Dios. Verá usted, parte de nosotros ha muerto. Los ideales han perecido. Las metas y la intención, aplastadas en el camino. Pero de esa muerte surge un agradecimiento por lo que tiene valor en la luz de la eternidad. ¿Desea usted realmente entender la eternidad?

Tiene que morir. Si su amiga en el valle está en paz, significa que ella ya ha visto lo que Job vio. Si usted no corre y no pelea, quizá usted también pueda verlo.

 

Encarnación en el valle

La gente que camina por el valle necesita un sostén de linterna más que alguien que le esté animando. No me grite desde la línea lateral que Dios es bueno y me quiere sanar; venga hacia donde algunas veces da miedo y párese a mi lado. Como lo hizo Jesús. Jesús no gritó desde el cielo, animó cuando estábamos en la más grande necesidad. Él vino. Caminó lado a lado. Él sintió el temor y lo calmó con Su presencia.

Un conjunto de palabras en el Nuevo Testamento describe este tipo de aliento de encarnación: koinonia. Este conjunto koinonia se traduce en “socio,” “participar,” “comunicarse,” “tomar parte,” “compartir,” “listo para dar,” “compasivo,” “compañero,” “compañero de viaje.” Un compañero de viaje para caminar al lado de uno. Alguien que le levante cuando usted está cansado, o le guíe cuando no sabe que camino tomar.

Una de mis historias favoritas en la Escritura es la de Sadrac, Mesac, y Abed-nego en el horno de fuego. Estos tres hombres estaban dispuestos a morir por su fe, una fe que creía que Dios los podía salvar si Él decidía hacerlo.

“He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. . . . Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni tampoco adoraremos la estatua que has levantado” (Daniel 3:17, 18, NLT).

¿Se percató usted de esas tres palabras importantes? Y si no, nosotros estamos en paz. Parecía que Dios no los iba a salvar cuando ellos entraron al horno.

Pero aquí la historia toma otro rumbo fascinante: Dios no se apresuró y bajó a salvar a los Hebreos de caer en el horno; Él entró en el horno (v. 25). Dios se mostró no para sacarlos, sino para compartir esa experiencia con ellos.

“Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15). Eso necesita valor porque es más temeroso, más desordenado, consume más tiempo, y requiere un riesgo más emocional que el “aliento” verbal. El aliento de encarnación. Es en el valle que nos damos cuenta de la profundidad de la relación humana que Dios tuvo en mente para nosotros.

La mariposa de esperanza surgirá para mí un día, pero estoy contenta de dejar que suceda cuando esté totalmente desarrollada y lista para volar. Entre tanto, estimados amigos, no dejen de orar por mí. Pero recuerden las palabras de C.S. Lewis: “La oración no es usar a Dios; la oración es una manera de ofrecernos a nosotros mismos a Dios para que El pueda hacer uso de nosotros.”

No permita que el objeto de sus oraciones sea mi victoria; eso ya está seguro. Permita que el objeto sea permitir que Dios le use a usted — y a mí — durante nuestra marcha por el valle.


Jill Richardson escribe desde Warrenville, IL.

*El nombre se ha cambiado.

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